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Foto: Augusto Daniele

buenos aires, mujer y río

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Una ciudad transcurre en las palabras de quienes la viven y es un ámbito vital que aquí es definido en su virtualidad por una escritora que se ve reflejada en sus calles, edificios y plazas.

Marina Porcelli

 

Buenos Aires no es hembra. Basta aterrizar en Ezeiza para sentir, como un golpe en la cara, la presencia del río. En rigor, el Río de la Plata está exactamente al otro lado de la llanura, a más de cincuenta kilómetros del aeropuerto, pero todos los que vivimos acá sabemos que el río no está en el borde, que esas son entradas de enciclopedia, que consignan no sin cierta actitud crédula dónde empieza o dónde termina la ciudad. Los que vivimos acá, en cambio, sabemos que el río siempre está en todas partes, que el agua se proyecta en el aire. Que el río colma y el agua disputa con Buenos Aires una batalla que no acaba. Buenos Aires no es hembra, aunque lo digan así desde los orígenes del tango. Hembra, le endosan: porque se la camina y se la explora, porque ella se abre, para que alguien la posea y para que alguien la reine. Por más “poético” que resulte, pienso que esto está en el fondo de la idea de Buenos Aires-Mujer que enaltecen los enaltecidos de nuestra literatura nacional. La palabra ciudad es femenina, cierto, pero esa definición es rechazable. Hay que decir eso que parece tan obvio. Hablar de un sitio es hablar del tiempo que lo habita. Buenos Aires tiene algo profundamente elusivo, algo que no alcanza a pasar en limpio. Como una disparada que no cesa. Así mirado, es un sitio cruel. Neurótico, y que enajena. Un lugar de llegada donde la gente tiene la impresión de estar por irse otra vez. A veces, tanto mal humor en la calle hace que sentirse argentinx sea cosa del azar, la desesperación o la insistencia. La ciudad no pertenece. Se escapa. Sutil y transitoria, está por desbarrancarse hacia algún lugar. Arlt se iba a Témperley a discutir sobre Lenin, Borges quedó enterrado en otro lado, Cortázar y Bioy sintieron esta ciudad tan imposible, que resultó fantástica. Marechal la colocó en el inframundo y Libertad Demitrópulos la pensó como posibilidad, como proyecto, como utopía. Quizá, dada la rigidez maniática de su cuadrícula, el tiempo se vuelve torpe en esta ciudad. Se desacomoda fácil. No es Roma o la vieja Tenochtitlan, un espacio donde los tiempos se juntan, digamos, acá, donde se habla coreano y chino y guaraní, y lo vieron a García Lorca pasearse en tacos altos por el Hotel Castelar, el tiempo encuentra su irreverencia y se independiza. No se ciñe, es flexible y subjetivo. La cena puede estar lista a la medianoche y los colectivos circulan a tope a las tres de la madrugada. Siempre creí que una manera posible de definir Buenos Aires era enumerar lo que me ocurrió en ciertos lugares. Contar, por ejemplo, que yo nací en esa esquina de Córdoba y Uruguay, o que en Villa Crespo me rencontré con mis amigos, que me iba a caminar por los barrios del oeste. O el recuerdo nítido de la mañana calurosa en plaza del Congreso cuando conocí a mi tío que acababa de salir de la cárcel, o diez cuadras más allá, donde vi cómo la policía corría a los chicos en el 2001. Irurtia hizo el mausoleo de Rivadavia convencido de que la gente iría a sentarse al aire libre, a conversar, a tomar mate, a no hacer nada. Y el proyecto quedó así, frustrado. En Plaza de Miserere, no hay mucho de conversación y de descanso, lo que más se palpa es la pobreza. Y en esta ciudad de tiempo subjetivo y nervioso, sobre todo algunas tardes de lluvia, aparece grafitado de tanto en tanto, en los murallones de San Telmo que llegan al bajo, Luka not dead. Llueve, y desde el sudeste de la barranca de Parque Lezama, el río recomienza su batalla. Que la ciudad se inunde como se inunda alcanza para demostrar que no se ubica al costado del río, sino en el centro de él. Habitarla es una tregua que nos da el agua cuando se retira. Después, así descubierta, la ciudad grita.

Marina Porcelli, Ciudad de Buenos Aires, 1978. Narradora, ensayista. Fue becaria del Centro Cultural de la Cooperación (Buenos Aires, 2004) y obtuvo diversos premios en género cuento y ensayo. De la noche rota, su primer libro de cuentos, fue editado en 2009 por la Universidad de La Plata, Argentina. La cacería, su segundo libro de relatos, fue publicado por Cuadrivio-Editorial, en México, DF. Parte de la obra de ficción y ensayística de la autora ha sido publicada en medios y antologías de Argentina, Chile, Cuba, México, Nicaragua, España, y China. En 2010, Marina Porcelli fue elegida por el Fonca/Conaculta para participar del Programa de Residencias Artísticas para Iberoamérica y Haiti; en 2012, fue becada por la Secretaría de Cultura Argentina, en convenio con México. Obtuvo el Premio de Cuento Edmundo Valadés y residencias artísticas en en Montreal, Canadá, y otra en Shanghai, China. Algunos de sus cuentos y ensayos fueron traducidos al inglés y al chino. Colabora regularmente con revistas y suplementos de cultura de América Latina, y es responsable de la sección de Creaciones>Narrativa de Revista Levadura, de Monterrey, México.