Unos pocos versos necesarios para la vida

Patricia Gola

 

 Cuando hace unos días Juan José de Giovannini, editor de E1 Ediciones, tuvo la gentileza de invitarme a presentar el libro que hoy nos convoca, El sol del invierno, mi reacción espontánea fue el retraimiento. Tan lejos de mí los actos públicos y las apariciones. Para no hablar de mi dificultad real de intercambiar apreciaciones con más de dos o tres personas amigas sobre la poesía y sus persistentes efectos. En un segundo pensamiento me dije, en el mundo en que hoy vivimos es importante defender y apoyar este tipo de publicaciones. Y heme aquí, ignorando mis propias carencias.

   Fue Iván García, el traductor de este bello libro, quien hace algunos meses me acercó generosamente un ejemplar. ¿Cómo decir lo que sentí al leerlo? A reserva de sonar fuera de lugar, para los tiempos que corren, sentí una amistad. Sí, una amistad múltiple. En primer lugar con el autor de estos versos que me aproximaban a una zona muy íntima mía, en segundo lugar con el traductor que se había tomado el trabajo, amoroso, de trasladar esos poemas del portugués a nuestra lengua con una gran sensibilidad poética, y en último lugar, pero no menos importante, hacia Juan José De Giovannini, editor y escritor él mismo, que en definitiva había apostado por esta poesía, por esta selección y traducción, para incluir en su logrado catálogo de libros.

   Cuando leí la nota del traductor con que abre El sol del invierno, no pude sino corroborar lo que había sentido antes con fuerza, la amistad. Y es que ahí me encontré con que mi padre, el poeta Hugo Gola, hace ya algunos años había impulsado a Iván a realizar una antología de unos sesenta poemas de Eugenio de Andrade, cuya publicación como tal no llegó a concretarse. Y lo que es más, me conmoví con el hecho de que, tras la nota inicial de Iván García, inaugurando este pequeño libro que hoy nos ocupa, Iván había decidido incluir un bello poema inédito de mi padre que a todas luces evidencia una gran proximidad de espíritu y aun de forma entre su poesía y la del lusitano. Todo cerraba.

   El sol del invierno es un libro hermoso y necesario. Sobrio en su concepción, incluye sólo dieciséis poemas de seis poemarios distintos (con nombres tan elocuentes como Cerca del decir o Los lugares del fuego), cuyos años de publicación van de 1961 hasta 1998. Esa sola propuesta me resultó atrayente. Un libro que no apuesta por la cantidad sino por la calidad, por la intensidad de unos pocos versos necesarios para la vida. Porque una de las funciones quizá más importantes de la poesía, es ponernos en contacto con esas zonas íntimas, humanas, frágiles –y por lo mismo también, poderosas– de las que el ruido del mundo siempre nos aparta. Podríamos decir citando libremente a Emilio Adolfo Westphalen, que esos raros objetos construidos con palabras nos confunden y transportan a otra esfera de la existencia.

La de Andrade

es una poesía

mínima y esencial.

   La de Andrade es una poesía mínima y esencial. Sus versos, escritos con una sencillez luminosa y conmovedora, a menudo se preguntan sobre el origen, el por qué y el para qué de la poesía. Y la respuesta nos remite a una escucha, a un estar atentos. Para que la poesía llegue a su destino, hay que saber prestar oídos. 

    Todo este librito, y el diminutivo en realidad lo engrandece, puede ser de hecho leído como una suerte de “arte poética”.

   Es una poesía de la materia y a través de la materia se llega a experiencias hondas y vitales, que suelen lindar con la desnudez y el silencio. Así, es evidente, la cercanía de Eugenio de Andrade con la poesía de William Carlos Williams.

    Es también una poesía amorosa, altamente sensorial, una poesía del cuerpo. En ella, o al menos en la selección de Andrade que García nos propone, se abren paso boca, labios, lengua, piel, fulguraciones de la juventud vivida (“aquel que fui”), pero también familiaridad y experiencia de la vejez. De ahí lo acertado del título. “El sol del invierno”, es decir, esa fuerza luminosa, creadora, que es el sol (y ciertamente también la poesía) se despliega e irradia su energía vital aun en la etapa final, cercana a la muerte. 

    Antes decía que es una poesía esencial y esto también me lo confirma la presencia de los elementos: el agua (Iván nos ofrece en el prólogo una cita muy bella de Andrade: “Doy todo mi reino por ese caño de agua cayendo en el silencio de un patio del sur”), pero también el fuego (el ardor de unos labios, o una “llama pura”, una bella manera que Andrade encuentra para aludir a la poesía). Fue el poeta Pierre Reverdy quien dijo: “La poesía es a la vida como el fuego a la palabra. Emana de ella y la transforma. Durante un momento, un breve momento, engalana la vida con toda la magia de las combustiones y las incandescencias. La poesía es la forma más ardiente y más imprecisa de la vida. Después, ceniza.”

En la poesía de Andrade el aire ocupa también un lugar destacado (“todo era claro,/ joven, alado) y la tierra (en algún poema de esta breve colección se alude a la “intimidad con la tierra”).

    Y es también una poesía del ritmo, de movimientos y cadencias: el tiempo de las estaciones, el mar y las olas, la lluvia, el baile y la danza, como un ritual que se renueva incesante. La poesía de Eugenio de Andrade, cuyo nombre de nacimiento era José Fontinhas, es, pues, y en definitiva, una apuesta por la vida y la alegría, tal y como la solemos experimentar cuando somos niños.

   Por último y como muestra de lo que les he venido diciendo, me gustaría leerles sólo tres poemas de Eugenio de Andrade: “No preguntes” (p 17), “Lluvia de marzo” (p 29)  y “El arte de los versos” (p 39), que creo aclaran el sentido de mis palabras. Qué mejor que dejar que el poeta indistintamente nos arrulle o nos sacuda con su canto.

    Muchas gracias.

NOTA: este texto fue leído durante la presentación del libro El sol del invierno, el jueves 27 de febrero de 2020, en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en la Ciudad de México. En la presentación también participaron José Luis Gómez e Iván García.

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Eugenio de Andrade por Luís Dourdil, 1941

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Patricia Gola es poeta, traductora y editora. Su poemario Las lenguas del sol fue publicado en México (colección Ala del Tigre, UNAM) y en Argentina, en Alción Editora, en una versión ampliada. Ha traducido del alemán a Paul Celan y del inglés a Robert Creeley, Denise Levertov y Wallace Stevens, entre otros. Asimismo, fue durante muchos años la editora de la revista de fotografía Luna Córnea.

 

Tres poemas

de Eugenio de Andrade

Traducción de Iván García

NO PREGUNTES

¿De dónde viene? ¿De qué fuente

o boca

o piedra abierta?

¿Es para ti que canta

o simplemente

canta para nadie?

 

¿Qué juventud

te muerde todavía los labios?

¿Qué rumor de abejas

te sube a la garganta?

No preguntes, escucha:

es para ti que canta.

LLUVIA DE MARZO

 

La lluvia detrás de los cristales,

la lluvia de marzo,

encendida hasta los labios, danza.

Pero la maravilla

no es que la primavera llegue así

como si nada,

la maravilla son los versos

de Williams

sobre la rastrera y amarilla

flor de mostaza.

EL ARTE DE LOS VERSOS

 

Toda la ciencia está aquí,

en la manera en que esta mujer

de los alrededores de Cantão,

o de los campos de Alpedrinha,

riega tres o cuatro zanjas

de coles: mano firme

con el agua,

intimidad con la tierra,

empeño del corazón.

Así se hace el poema.