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Lucía,

ante la fosa

Al contraponer realidades aparentemente alejadas entre sí, Lioubov Rovinskaia muestra en este ensayo que corremos el riesgo de caer en un oscurantismo que ya se nutre con peligrosa eficacia por medio de las tecnologías de la información y las redes sociales, y se robustece con el resentimiento de la población ante la tremenda negligencia e injusticia a las que estamos trágicamente habituados.

Lioubov Rovinskaia

 

Para los dignos, para los fieles a sí mismos y para los que aprenden a elegir sus batallas.

 

Sois todos unos falsos.

OKSANA SHACHKÓ

Co-fundadora del colectivo Femen

Nota de suicidio

 

Los retrocesos no detienen la transición; los retrocesos no son un paso atrás, sólo la retardan o la tuercen.

PAULO FREIRE

La educación como práctica de la libertad

I CARNE DE RESISTENCIA, ICONO DE CAÑÓN

A finales de 2017 atrajo gran atención mediática el caso de la palestina Ahed Tamimi (nacida el 31 de enero de 2001), quien fue a prisión por golpear a soldados israelíes, azuzada por su madre quien videogrababa la escena. No era la primera vez que la adolescente Ahed estaba en el ojo de los medios. Criada en el seno de una familia de militantes palestinos en contra de la ocupación israelí, en Nabi Saleh (a unos 30 kilómetros de Ramala, en la “Palestina ocupada”), ella se hizo conocida en la región desde 2011, cuando defendió a su primo mordiendo el brazo del soldado que intentaba llevárselo. La menor continuó participando en las protestas que cada viernes desde 2010 un grupo de pobladores, su padre entre ellos, organizan en la aldea para reclamar un manantial al que Israel les ha quitado el acceso. Más tarde, ese movimiento se alinearía con el Nacionalismo Palestino.

   Pese a haber nacido mucho después de la Intifada, desde su infancia, Ahed estuvo expuesta a la problemática de la ocupación a través de vívidas experiencias: vio a su padre Bassem al-Tamimi detenido docenas de veces por soldados israelíes; en una de ésas estuvo preso un año sin formulación de cargos, ni juicio. En 2011, su primo Mustafa Tamimi murió presuntamente por una granada de lacrimógeno que le estalló en el rostro. En 2012, su tío Rushdi Tamimi pereció por una bala en la espalda, disparada por un soldado israelí.

   La enorme difusión del video que incriminó definitivamente a Ahed se debió en buena medida a su tremenda fuerza poética: una niña desarmada golpeando a un soldado perfectamente pertrechado y entrenado, en medio de un cruento conflicto que lleva décadas. Las consecuencias políticas no se hicieron esperar –porque la poesía puede también ser un arma de guerra–: Tamimi fue detenida, la sacaron de su casa en medio de la noche. Comenzó así un calvario que culminaría aproximadamente un año después, tras un juicio y la posterior prisión para menores.

   Para entonces, el caso ya tenía la atención internacional. La abundante, rubia y rizada cabellera de la joven Ahed esposada en la sala de juicio se reprodujo internacionalmente. Su aspecto fue tema de numerosos comentarios; editorialistas extrañados de que una palestina tuviese tal fenotipo plantearon o bien dudas sobre sus verdaderos orígenes, o bien vieron en ella al nuevo “icono de la resistencia palestina”, según lo reportó la Associated Press (AP). Bassem al-Tamimi no desaprovechó esta oleada para sumar a su causa e hizo múltiples declaraciones en torno del proceso contra su hija. En una de ellas, antes de que se dictara la sentencia condenatoria, señaló que Ahed había ido presa porque defendió la tierra que es suya; que su bofetada al soldado fue un acto legítimo de “resistencia civil” y que ahora es víctima en manos del sistema penal del enemigo, quien busca para ella un castigo ejemplar. “Si Ahed va a prisión, es decir, si se convierte en mártir, yo estaré orgulloso”, remató.

 

II EL CISMA DE LAS SABUESAS

Culiacán, Sinaloa. En medios locales y algunos nacionales el 23 de enero de 2018 fue publicada esta información, que tuvo seguimiento durante los días siguientes.

 

A los grandes capos, a los jefes del Cartel de Sinaloa, “a quienes han prometido y prometieron no dañar a personas inocentes”, familiares de los policías desaparecidos desde hace un año en Culiacán, José Antonio Saavedra Ortega y Yosimar García Cruz, les envían una carta para pedir que les ayuden a regresar o que tan sólo les digan dónde están los cuerpos de estos dos policías municipales que fueron privados de su libertad en distintos puntos de la capital sinaloense, el 23 y 26 de enero, respectivamente.

 

Se trataba de una carta difundida por familiares de los uniformados desaparecidos y algunos miembros del colectivo Sabuesos Guerreras (sic) A. C. que se sumaron a la acción.

¿Dónde buscar a los destinatarios? ¿Cómo los buscaría usted? Ellos salieron a repartir la petición en plazas públicas con fotocopias y la publicaron en internet.

 

Los familiares aseguran que perdieron la fe en las autoridades y suplican que el Cártel les ayude. Ellos son los que tienen el poder en Sinaloa, afirman, y al ver que por estos agentes municipales nunca se desplegó un operativo de búsqueda, como se hizo con el director de Elota [Sinaloa], al que, a decir de los remitentes, por tratarse de un militar lo buscaron hasta encontrarlo en una fosa clandestina.

Plata: Trabajar para que la droga llegue a otros; qué importa qué les pase a los consumidores mientras nosotros sobrevivamos y aunque los niños crezcan alimentados por una profunda decepción ante el abandono de las instituciones, constante apuro económico y normalización de la violencia. Plomo: Dignidad, pero de mártir; las consecuencias para los niños, la ganancia para el cártel. ¿De verdad son estas todas las alternativas?

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"Yo, al igual que mis compañeras, no sabemos (sic) quién o quiénes son los responsables de la desaparición de nuestros hijos, madres, padres y, como lo manifiesta el Fiscal general, las investigaciones son muy lentas. Hasta la fecha no contamos con ningún indicio que nos lleve al paradero [de ambos policías municipales], mucho menos a los responsables", explicó María Isabel Cruz Bernal, presidenta del colectivo, quien se deslindó del desplegado junto con otros de los integrantes.

   Con palabras sencillas, pero desgarradoramente profundas, el texto publicado en los diarios concluye:

 

Acudimos a ustedes [cártel de Sinaloa] rogando y suplicando a su corazón y a su conciencia a que [sic] nos ayuden para acabar con esta tortura, acabar con este dolor e incertidumbre, apelamos a su buen corazón y [que] nos ayuden a que regresen nuestros seres queridos, esperamos una respuesta y un milagro y si ustedes nos pueden ayudar a que esto suceda, nuestras familias estarán agradecidas de por vida.

 

El cisma entre el grupo de sabuesas fue inmediato, pero su cobertura nacional se notó más bien tibia, acaso por no tratarse de voces oficiales, acaso por tocar el delicado tema de la apología del delito –desatendido secreto a voces de nuestra cultura popular reciente. Porque, vamos hablando cada vez más de los temas importantes: sirva de algo o no, las personas salen a las calles y toman las plazas entre nubarrones de gases y griterío que hiede a Torre de Babel, pero todavía organizado, aunque sea con base en la rabia.

   Desatendemos un tema toral cuando quienes participan en las marchas, regresan a sus casas donde tienen pantallas de diferentes pulgadas, hiperconectadas y secretando constantes imágenes directo hacia sus salas, directo contra sus alas, desde el inglés norteamericano, subtituladas o dobladas; sin violencia, drogas y balazos no hay trama.

Dicho con una imagen: a finales de octubre de 2019, a menos de un mes del fallido operativo en Culiacán para detener a Ovidio Guzmán “El Ratón”, hijo de “El Chapo”, la revista Espejo publicó una recopilación de dibujos infantiles con el tema de esos terribles sucesos. Llama la atención muy en particular que un niño de unos 8 años, al representar el enfrentamiento con armas de alto poder entre marinos y sicarios, del lado derecho, en el costado de una patrulla tipo sedán, en llamas, escribió “Police”, en inglés.

   Familias desgarradas y sabuesos divididos son la dolorosa consecuencia de no abrir el debate sobre la violencia. Porque hay, sin duda, temor al sicario, al tiempo que admiración a la figura del narco –baste recordar el caso de la actriz mexicana Kate del Castillo y a dónde la llevó su publicación en 2014 sugiriéndole a “El Chapo” “traficar con el bien”; o los niños que quieren ser narcos cuando sean grandes; en el imaginario popular, el gobierno suele ser más villano que los cárteles quienes, así sea en modalidad de “plata o plomo”, inyectan dinero a las comunidades.

   Plata: Trabajar para que la droga llegue a otros; qué importa qué les pase a los consumidores mientras nosotros sobrevivamos y aunque los niños crezcan alimentados por una profunda decepción ante el abandono de las instituciones, constante apuro económico y normalización de la violencia. Plomo: Dignidad, pero de mártir; las consecuencias para los niños, la ganancia para el cártel. ¿De verdad son estas todas las alternativas?

 

III. LUCÍA, ANTE LA FOSA

 

Tijuana, Baja California. Publicado en El Universal en línea (en una nota firmada por la corresponsal Gabriela Martínez), y otros medios de circulación local y nacional el 25 de noviembre de 2019 y días siguientes:

 

–Sigan buscando, porque ahí, en ese mismo lugar hay al menos otros cincuenta cuerpos enterrados –escuchó el domingo Lucía (nombre ficticio, 21 años) en la voz de un hombre del otro lado de su celular.

   Ya se había comunicado el miércoles, para decirle lo que llevaba 23 días suplicando saber: el paradero de su hermano Cristian (18 años) y un joven más. La foto de él con el número de teléfono de ella circulaban hacía poco más de una semana en las redes sociales pidiendo el apoyo de la comunidad para localizarlo.

   Ese miércoles 20 de noviembre sonó su teléfono y al otro lado habló un hombre que no le dijo cómo se llamaba. Le indicó que “en la colonia 10 de Mayo, de Tijuana, bajando un cerro, entre la basura y los puercos, pasando un arroyo, enterrado en medio de un bosque, ahí está tu hermano”. Tres días después encontró el cadáver, enterrado junto con otra persona, escondido entre árboles y matas, a unos pasos del arroyo Alamar.

   “Me dijo que lo buscara”, relata Lucía a un día del hallazgo, “que era en esa colonia; que había puercos…, un arroyo; que había un bosque. El sábado nos vinimos con el colectivo [Brigada Estatal de Búsqueda por los Desaparecidos de Baja California], y no daba y no daba… Ya estaba que me iba, pero me decían que buscara… Y sí, dimos con él. En cuanto miré (sic) el cuerpo, lo reconocí”.

El mismo día que encontró a su hermano sin vida en un área despoblada, donde cavaron hasta que salieron gusanos, moscas y se disparó un olor de muerte, la joven recibió la otra llamada del mismo hombre:

   –Sigan buscando, porque ahí, en ese mismo lugar, hay al menos otros cincuenta cuerpos enterrados.

La diferencia es relevante: con quien habla el idioma del dinero es posible apostar por acuerdos donde priman la inteligencia y la civilidad. No así cuando el canal es el del fanatismo, cuyo rasgo distintivo es la búsqueda de la involución, del retroceso a través de la instauración brutal de un modus vivendi que data, cuando menos, de la Edad Media.

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¿Cómo sabía él que sí encontraron el sitio señalado? Acaso la realidad sea simple y se enteraría por los noticieros locales, como el resto de la gente. Pero, ¿cómo conoció la ubicación en primer lugar? ¿Para qué avisar, para qué hacer la segunda llamada?

   Nadie está siempre donde quiere; nadie busca perpetuar un mundo de atrocidades. Acaso tampoco quieren estar allí quienes dan los tiros de gracia y ven la fosa tragar los cuerpos, ahondarse como llaga de inhumano, inhumado anonimato; ni quieren estar allí quienes de haber podido elegirían no involucrarse, ni ser verdugos de inocentes o de culpables (¿importa?: son ejecuciones extrajudiciales). Ni siquiera los perpetradores soportan la conciencia de estos finales; ni siquiera ellos son hijos de nadie, ni jalan el gatillo con certeza alguna de que por sus restos no cavarán sus madres.

   No conoceremos, probablemente, la identidad de estos redimidos (aunque mucho ya hacen con volverse tales) que dieron las indicaciones y subrepticiamente señalaron el camino hacia el alivio amargo de encontrar, al fin, del ser querido, aunque sea un hueso, un zapato…

 

IV. EL NORTE DE OCCIDENTE

 

Ni la liquidación en masa de civiles ajenos al conflicto, ni el uso de la propia prole en martirio por una supuesta causa más grande hallan parangón en lo que Donald Trump (y ya no sólo él) pide llamar “terrorismo de los cárteles mexicanos”. Éstos no han llegado ni esperemos que lleguen al genocidio como canal para enviar un mensaje ideológico y/o religioso. No ven tampoco a sus mujeres, sean sus esposas, amantes, hijas, operadoras, mulas o esclavas, como meras paridoras sistemáticas de guerreros destinados a inmolarse por la causa. Su machismo no se da a partir de unos preceptos sectarios sino por inercia cultural y permanece porque es rentable y, por supuesto, a causa de la impunidad.

   La diferencia es relevante: con quien habla el idioma del dinero es posible apostar por acuerdos donde priman la inteligencia y la civilidad. No así cuando el canal es el del fanatismo, cuyo rasgo distintivo es la búsqueda de la involución, del retroceso a través de la instauración brutal de un modus vivendi que data, cuando menos, de la Edad Media.

   Todo fanatismo pretende la anulación de los logros de Occidente, no importa al caso si cuestionables de facto, en materia de derechos humanos, porque son producto de la continuación de la Historia, del devenir, que es natural porque ha sido impulsado por los grupos humanos en pugna. No es casual que sectas, extremistas y estafadores de todos los tiempos y culturas recluten a personas inconformes con la realidad, que inclusive tienen problemas para comprenderla o aceptarla, y terminan siendo precisamente ellos, y no sus reclutadores, la carne de cañón: en el mejor caso, idiotas útiles y en el peor, víctimas, “mártires”.

 

V. IN-CONCLUSIONES

Los logros de la civilización occidental en materia de derechos humanos, desde aquellos que están en fase de iniciativa o hasta los ojalá más numerosos casos de éxito, son el bastión por defender a escala local y mundial. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en el oscurantismo, que ya se nutre con peligrosa eficacia por medio de las tecnologías de la información y las redes sociales, y se robustece con el resentimiento de la población ante la tremenda negligencia e injusticia a las que estamos trágicamente habituados en cada intervención institucional en una problemática.

   Se corre el riesgo de normalizar, y hasta aplaudir, sin haber dilucidado realmente qué sucede con personas como el señor al-Tamimi, quien no sólo milita en el Nacionalismo Palestino, sino que dicho movimiento lo mantiene económicamente. Es un padre muy orgulloso de que su hija menor de edad sufra la prisión, para que los medios internacionales lo sepan, reproduzcan y esparzan la narrativa que a su vez va a atraer aún más reflectores hacia Nabi Saleh. Ya desde al menos 2012, la prensa israelí y algunos medios internacionales, entre ellos la BBC, han documentado múltiples señalamientos en contra de al-Tamimi por la “explotación cínica” de sus hijos, a quienes utiliza como “apoyo para desatar enfrentamientos que lleven a una ‘Tercera Intifada’”, filmando “desde una distancia segura” y “de forma rutinaria” todo contacto de los menores con las fuerzas israelíes, para lo que él llama una recopilación que documente los abusos por parte de Jerusalén.

   Recién salida de prisión, Ahed concede entrevistas donde afirma primero que está a favor de la resistencia civil pacífica. Después, cuestionada respecto de cómo se relacionan tales dichos con las bofetadas al soldado que la llevaron a la fama y la prisión, Ahed, sin inmutarse, matiza que apoya “toda forma de resistencia civil”, que “puedes elegir la resistencia pacífica o puedes dar de bofetadas, como yo. Apoyo toda forma de resistencia civil”, insiste. La ahora mayor de edad, sin una idea clara de qué está diciendo, termina la entrevista con el anuncio de que su siguiente acción será “una gira por Europa para promover la causa”.

   A las sabuesas, empero, a las guerreras, a aquellas verdaderas heroínas cuyos grupos son vergonzosamente más numerosos que los estados de la República Mexicana; a las incansables buscadoras que ora compran sus propias palas, ora cavan con sus manos desnudas, llevadas por el amor y el dolor de madre, de esposa, hermana, amiga, vecina, (des)conocida, humana, ¿qué les importan el grito de “Allahu akbar!” antes del estallido mortal de una bomba (¿casera?), los grandes (pseudo)debates ideológicos con sus engañosos terminajos, las luchas viralizadas en redes sociales que no siempre atraen la atención deseada? No. Ellas saben el valor del tiempo: se deslindan, tal como ante la carta a los capos y siguen cavando.

   Mientras, ese domingo de noviembre, en Tijuana ya es noche cerrada y Lucía, terminada su participación en el macabro hallazgo, está sola en su casa. A partir de aquí estoy imaginando; con el relato como pala, trato de ahondar en su ser con la palabra.

La veo, con las luces apagadas, acaso también en su alma: encontró el cadáver de su hermano y ahora se debate entre el suicidio, la dignidad y la venganza. Por eso Lucía, y todo quien está vivo hoy, cuantimás si es joven o infante, es de primordial importancia. Quienes les tienden, o no, la mano, tienen hoy la última palabra; los redimidos, así empiecen hablando tras sus máscaras, tienen la última palabra. También tienen la última palabra hoy los responsables de la inyección de imágenes, de ideas: educadores, profesores, publicistas, comunicólogos, editoriales, investigadores, desarrolladores, informáticos, cineastas…, no sólo para con los niños y adolescentes, pero sí sobre todo con ellos, porque dibujarán su mundo, pronunciarán sus palabras, con las que apurarán o torcerán la transición, marcados también por lo que hacemos hoy.

   Porque la última palabra no está dicha aún; no tiene por qué decirse aquí. No hay conclusión –sólo un país de impotentes observando inermes o dando de teclazos mientras son desenterrados incontables cadáveres. Mientras, no sabemos en cuántas partes, nuevas fosas tragan nuevos cuerpos y sólo junto a los entierros clandestinos aún no descubiertos faltan familiares llorando.

Imágenes: Ahed Tamimi, Reuters; personas buscando restos en una fosa en Tijuana, foto de Gabriela Martínez / El Universal; una imagen aérea del culiacanazo, tomada de GMx.