¿lazlo era un vampiro?

¿Sus parientes, por ejemplo el tío Tibor, pertenecían a una estirpe milenaria?

Lazlo Moussong. Foto tomada de filopalabra.wordpress.com

Humberto Guzmán

 

De inicio, me asaltan las interrogantes: ¿Lazlo creía en los vampiros en realidad? ¿Creía él en esa historia de vampiros que nos ha contado en su libro? O bien: ¿Lazlo era un vampiro?

   En tanto llego a alguna respuesta, debo decir que es evidente que Lazlo buscó la forma de la ficción narrativa para desarrollar su historia transilvánica. Pero la forma como la ha desarrollado no es exactamente la de una novela o libro de cuentos. Me convence más como un conjunto de ensayos. Lo comento por la forma como manejó la información recabada y por el buen estilo analista. Es, en todo caso, un ensayo de calidad literaria, narrativo, eso sí, dividido no en capítulos sino en textos autónomos, donde el sentido del humor, la ironía, se hacen presentes casi constantemente.

  Por otro lado, también guarda otra característica notable: el tono autobiográfico. Y no sólo porque se refiere a su tío Tibor, verdadero o imaginario, sino por cómo el personaje-narrador habla de él. El narrador no se ve, se mantiene oculto tras el escenario narrativo: es el mediador entre el tío Tibor, sus hermanas y círculos cercanos y sus lectores. Las hermanas de Tibor, por ejemplo, no eran vampiras, pero eran respetuosas y orgullosas de su estirpe milenaria.

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Me causó gracia que a Lazlo, al final de su libro, le ganó una preocupación terrenal. Mostró el problema de la lucha de clases, puesto que habla de vampiros pobres, que viven hacinados en panteones de pueblo, y los aristócratas, que pasan sus siglos de media vida en lúgubres castillos medievales.

Lazlo Moussong, Tibor, mi tío vampiro, Colectivo Texto Andante, México, 2019

Cuando viene la primera muerte de Tibor (la muerte mortal), sus cariñosas hermanas lo reciben con una reprensión, ya que llegó del panteón donde lo habían sepultado, manchado de lodo, lo mandan a bañar (me sorprendió, porque sé que a los vampiros el agua les hace daño), y luego que se cambie de frac y le dicen que ya está su ataúd listo para que descanse.

   La autobiografía es una forma noble que bien llevada puede confundirse con una novela. No en balde, hay ciertas corrientes novelísticas contemporáneas que se sostienen por una narración autobiográfica en una o en otra medida. José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, en México, son dos buenos ejemplos.

   A propósito, Lazlo me hizo la distinción de leer mi novela La congregación de los muertos o El enigma de Emerenciano Guzmán, que versa sobre hechos biográficos y autobiográficos. Me citó para hablarme sobre ella y luego me refirió una historia en la que eran actores él o unos amigos suyos, pero de tono… sobrenatural. A ese respecto, dijo que quería escribir una novela, aunque, por lo poco que me contó, no se trataba de la historia de vampiros familiar que nos ocupa. Nunca me reveló que estaba escribiendo sobre estos seres fantásticos –fantásticos como extraordinarios, no como falsos– ni que sabía tanto sobre ellos. Al grado de que, en sus textos, los trata con familiaridad, con una cortesía que raya en el cariño, relajadamente, y a veces los ironiza, pero no sangrientamente.

    Por eso surge mi duda de que Lazlo haya sido vampiro o no. Tal vez no quiso contarme nada al respecto e inventó aquella otra aventura de misterio como distractora. Ignoro cuándo escribió los textos que componen Tibor, mi tío vampiro. Pero, aunque casi he olvidado aquel relato misterioso, estoy seguro de que no era esta historia de vampiros de su familia de Transilvania, Hungría, no Rumania, como el narrador de Tibor se empeña en aclarar la diferencia. Como quien dice, también hay clases entre los vampiros.

     ¿Dónde habrá quedado aquella historia? Sin embargo, lo más importante es que me di cuenta con agrado de que a Lazlo, por lo menos, le interesaban estos temas. Alguna vez me confió, como respuesta a mi pregunta, que él o su hijo había ido a rastrear su origen en aquellas lejanas tierras de los Cárpatos. Pero tampoco fue muy preciso. Entonces, pudo haber abstraído su árbol genealógico y depositado en una ficción narrativa o en un ensayo-ficción.   

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Hay que recordar que Tibor había sido inoculado por una belleza vampira, de la que se había prendado (¿ven?, era débil ante la fuerza del amor), que a la hora de la hora, cuando estaban solos por fin en una habitación de hotel, peló, o enseñó, los dientes, es decir, los colmillos. Pero Lazlo sabía que los vampiros no aman, lo apunta en su libro.

Me causó gracia que a Lazlo, al final de su libro, le ganó una preocupación terrenal. Mostró el problema de la lucha de clases, puesto que habla de vampiros pobres, que viven hacinados en panteones de pueblo, y los aristócratas, que pasan sus siglos de media vida en lúgubres castillos medievales. Aunque los vampiros pertenecen al inframundo del Mal y allí no puede haber compasión por los pobres ni por los débiles de ningún tipo. Por rasgos como éste, Lazlo me hizo dudar. A su tío Tibor lo presenta generoso y compasivo, inclusive. Además, se enamoraba, y eso tampoco se perdona en el mundo vampírico. Amar, como se sabe, es una debilidad, algo que muchas veces es pasajero (aunque dure toda la vida de un mortal, es pasajero para un inmortal), nada qué ver con la inmortalidad sobrenatural.

    Así, pues, hay dudas. Pero de lo que sí estoy seguro, después de leer Tibor, mi tío vampiro, es que Lazlo Moussong sabía de vampiros y del vampirismo. No obstante, a la profundidad de su conocimiento del tema contrapone la ironía, el humor antes aludido y la información concreta, histórica inclusive, por lo que me hace suponer que mantenía en cierto modo una distancia entre él y esta historia de la noche.

   Lo que trato de decir es que Lazlo Moussong, casi lo afirmo, no era un vampiro.

    Su mismo tío Tibor, en la vida real o en la del texto, que es lo mismo, tampoco lo era. O, en todo caso, era un mal vampiro. Impresionable, crédulo. Para el efecto, cito el texto de Lazlo que tiene título como de bolero, según se conoce en los barrios bajos de la ciudad: “El más perverso amor”, en el que dice, cuando su doncella-víctima despertó y se encuentra, sonriente, el rostro de Tibor, a punto de hincar sus afilados colmillos en su dulce cuello. Dice que: “Tibor se paralizó, primero por desconcierto, sorprendido por tan inmediata e incondicional entrega y, en seguida, porque tuvo un imposible golpe de aliento desde su pecho, que le hizo saber que se había enamorado. Entonces, no la tocó”, desconcertado porque la doncella “se entregó a la voluntad de vampiro”. También ella se había enamorado de su –sin saberlo– victimario. Ella, está bien, se enamoró, ¿pero él…? Esta era la clase de vampiro a la que pertenecía el tío Tibor y, por más que diga yo lo contrario, también Lazlo, hasta que me demuestre lo contrario.

    Hay que recordar que Tibor había sido inoculado por una belleza vampira, de la que se había prendado (¿ven?, era débil ante la fuerza del amor), que a la hora de la hora, cuando estaban solos por fin en una habitación de hotel, peló, o enseñó, los dientes, es decir, los colmillos. Pero Lazlo sabía que los vampiros no aman, lo apunta en su libro. De ahí que diga que Tibor resultó un vampiro bueno, generoso, le gustaban los niños y no para comérselos o bebérselos; era refinado, no era un salvaje como los vampiros strigoii, ergo, era un moroii, según explica el personaje-narrador.

    El clásico Bela Lugosi, “en realidad de apellido Dezsö”, nos explica Lazlo, no solo era un gran actor del género de vampiros, sino el que más se parecía al conde Drácula, antihéroe de la célebre novela del irlandés Bram Stoker, sino que el mismo Lugosi, en la vida fuera del cine, era un vampiro. Se dice que dormía, en efecto, en un ataúd. Para su fortuna murió su cadáver, así dicho, en 1956, y no se perdió en una eternidad incomprensible, como nos explicó oportunamente Jorge Luis Borges. Lugosi fue vampirizado en 1930, y al siguiente año inmortalizó al conde Drácula en el celuloide, como sabemos.

    El conde Drácula de Stoker ha sido el modelo, por ser el más logrado como personaje sobrenatural, aunque hubo antes otros, como el Vampiro del inglés John Polidori. Lazlo no cita a ninguno de los dos autores. En el caso del libro que nos reúne, sin embargo, el tío Tibor, aunque sentimental y contaminado de humanidad, se acerca a esa línea clásica marcada por el conde Drácula de Stoker, de las postrimerías del siglo XIX. Quien quiera saber, en nuestro días, acerca de vampiros y su negro inframundo, pero de elegante manera, con estilo decimonónico, que se acerque al libro de Lazlo Moussong.

    En cuanto a mis interrogantes, no puedo evitar la duda. Lazlo no solo debió haber creído, ocultamente, en los vampiros y en su historia, sino que él mismo pudo haber sido un moroii, como su tío Tibor. Empero, siguiendo la deducción de que Tibor no era realmente un vampiro, por haber sido demasiado humano, Lazlo tampoco lo fue, nada más le gustaba cierta parte del vampirismo familiar, que viene de la región que se ubica entre Transilvania y Valaquia. ¡Vade retro!

Texto leído en el homenaje póstumo a Lazlo Moussong, que se celebró en la sede de la Sociedad General de Escritores de México, en la Ciudad de México, el 22 de febrero del 2020, en el que participaron también Rafael Rodríguez Castañeda, Alejandro Zenteno, Arturo Guzmán Romano, Martha Obregón Lavín y el grupo Klezgulash, con Aurés Moussong en el acordeón.

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