Número cero

de Umberto Eco

La lectura de los periódicos es la oración de la mañana

del hombre moderno.

Hegel

La Casa Blanca fue escenario, hace ya veinte años, de un hecho vergonzoso no sólo por haber ocurrido en la residencia del hombre más poderoso del mundo, pues incluso si se hubiera dado en el despacho de cualquier burócrata mexicano de nivel intermedio habría sido igual de humillante. Todo salió a la luz en 1998 cuando se supo que Mónica Lewinsky, una becaria de 22 años, había mantenido relaciones sexuales con Bill Clinton, el presidente de Estados Unidos, en la propia oficina presidencial y no sólo una, sino en repetidas ocasiones entre 1995 y 1996. Tal vez nadie se habría enterado, pero la ahora muy afamada becaria se lo contó todo a una amiga, quien además grabó esas conversaciones y se las entregó al fiscal especial Kenneth Starr, quien investigaba a Clinton por asuntos de otra índole.

    El escándalo estalló. Nunca se había sabido que un gobernante estadounidense de tal rango hubiera cometido fallas dignas de un adolescente que está descubriendo su sexualidad y nadie pudo reprimir su asombro cuando incluso un vestido fue mostrado como evidencia indeleble de lo ocurrido. Era imposible para cualquier persona dejar de tener en la mente la imagen de esas dos personas mientras se satisfacían una a la otra, seguramente sobre los propios muebles presidenciales. Además, Clinton agravó su falta, pues la primera respuesta que se le ocurrió dar cuando era acusado fue negarlo todo de manera terminante y mentir a sus ciudadanos cara a cara, por medio de la televisión. Después tuvo que aceptar que había mantenido «relaciones inapropiadas» con la señorita Lewinsky.

    La revelación de este hecho, que humilló públicamente a sus dos protagonistas, opacó todas las demás noticias que en ese momento se daban a conocer y aunque estuvo a punto de causar la renuncia de Bill Clinton, finalmente fue una más de las noticias escandalosas que el gran público disfruta y solicita. De manera casi simultánea, el periodista Gary Webb desarrolló una investigación en San Jose, California, que reveló algo estremecedor: la CIA vendió directamente grandes cantidades de droga, específicamente crack, en los barrios negros de Estados Unidos para obtener dinero con el cual comprar armas que serían enviadas a los contras de Nicaragua para luchar contra el régimen sandinista. Con la información que obtuvo, Webb publicó una serie de reportajes que aparecieron en agosto de 1996 en el San Jose Mercury News; la base de su trabajo fueron abundantes entrevistas con narcotraficantes, muchos de ellos presos ahora en Estados Unidos. Si bien en su momento estos reportajes tuvieron una enorme atención y fueron reproducidos por todos los diarios de la cadena Knight-Ridder, excepto el Miami Herald, poco tiempo después fueron descalificados de manera unánime y sumaria por The New York Times, Los Angeles Times y The Washington Post. Webb fue un periodista premiado en una gran cantidad de ocasiones, incluso recibió el Pulitzer en 1990 y fue el Periodista del Año en 1996, pero eso no evitó que a partir de tales desaprobaciones comenzara lo que fue su declive total. En abril de 1998, cuando el escándalo Clinton-Lewinsky estaba en su apogeo, publicó el libro Dark Alliance: The CIA, the Contras and the Crack Cocaine Explosion, en el cual reunió sus incendiarios reportajes, sin embargo, no se le prestó atención suficiente, las miradas estaban dirigidas hacia otro lado.

    Los protagonistas de estas dos historias paralelas tuvieron destinos que no podían ser más opuestos. La señora Lewinsky es ahora una famosa conferenciante y autora de libros con los que ha hecho una fortuna. El ex presidente Clinton no renunció y es recordado como el mandatario estadounidense más popular después de John F. Kennedy. Su reputación sigue incólume al grado que continúa como asesor de Hillary Clinton, su aún esposa, en su campaña para lograr ser candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Gary Webb se vio obligado a abandonar el periodismo, cayó en desgracia y fue hallado muerto en 2004, aparentemente víctima de suicidio. ¿Un complot más donde están involucrados los agentes más peligrosos del mundo o por lo menos uno de los villanos favoritos: la CIA? Eso no lo podremos saber. De hecho, periodistas de gran renombre y seriedad aseguran que a la investigación de Webb le faltó la sustancia principal: pruebas irrefutables. Lo que sí es cierto es que la opinión pública norteamericana sació su sed de noticias sensacionalistas con la puesta en vergüenza de un presidente y dejó de lado revelaciones de lo que pudo haber sido una conducta criminal.

    «Los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias», es lo que afirma Simei el director de un periódico que nunca saldrá a la luz y uno de los personajes centrales de la última novela que publicó Umberto Eco, Número cero. El más importante pensador italiano de las últimas décadas fijó en esta obra su visión del periodismo. Hemos estado acostumbrados a leer grandes aventuras del conocimiento en la obra literaria de Eco, casi siempre relacionada con temas de historia antigua. Aquí, eligió un tema de nuestro momento: el manejo de la información. Si bien en El péndulo de Foucault ya había entrado en un ámbito contemporáneo, pues esa novela se desarrolla en los años ochenta del siglo veinte, los problemas que en Número cero aborda Eco los tenemos al alcance de nuestra vista todos los días, ya que estamos convertidos en devoradores de noticias.

    El punto de partida de Número cero es muy sencillo: es el año 1992 y un magnate italiano decide crear un periódico, pero no tiene interés en que el número uno salga a la luz. Su estrategia es muy sencilla y práctica, lo único que le interesa es que se sepa que reunió a un grupo de periodistas capaces de investigar y decir la verdad sobre asuntos más comprometedores para ciertas personas. Cuando los altos círculos financieros y políticos se enteren, acudirán a él para convencerlo de que aborte su proyecto y, entonces, él lo hará, por supuesto, a cambio de obtener el pase a las esferas privilegiadas de las que ha sido excluido. Parece una idea muy rebuscada y propia de una mente perversa, sin embargo no está alejada de la realidad. Tal vez no tenga nada que ver con la historia que imagina Eco, pero en México existió un proyecto periodístico que se fue conformando secretamente a lo largo de años. En los círculos periodísticos, los reporteros y redactores reflejaban su envidia cuando sabían de algún conocido que se había integrado a lo que, se decía, iba a ser el diario más importante del país. El nombre de ese periódico era El Independiente, sin embargo, sólo se publicaron unos cuantos números y quien financió el proyecto, aparentemente, era un argentino avecindado en México que luego quiso ser dueño de un equipo de futbol.

    Este es sólo el pretexto para el trabajo literario de Eco. A partir de este planteamiento, el lector presencia una descripción minuciosa de la forma en que el periodismo maneja la realidad y utiliza a su público. Además de una novela, tenemos aquí un  manual de los peores vicios del periodismo. Recordemos que la historia de este oficio se inicia incluso antes de la invención de la imprenta. El antiguo imperio romano estableció, por ejemplo, una red de caminos y mensajeros que hacía circular la información en todo su territorio, lo que era necesario para mantener el dominio. Por otra parte, Andrew Pettegree, en su libro The Invention of News, considera a Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, como el precursor de la era de la información, pues en 1490 decidió crear un servicio postal imperial. Esta decisión fue de enorme resonancia para la historia de las comunicaciones.

    Pero el manejo de la información se enfrentó siempre a un reto fundamental: establecer una distinción entre la verdad y los rumores. El oficio del periodista comenzó a perfilarse cuando los periódicos, que surgieron en el siglo XVII, tenían que ganarse el respeto a partir de la confianza que despertaran en sus lectores. Poco a poco, se conformaron reglas muy claras en el manejo de las noticias y el prestigio de los grandes medios de comunicación se basaba en respetarlas. Esta imagen del periodismo persiste, incluso en estos momentos, cuando todos sabemos que divulgar información es un negocio monumental, sobre todo para los noticieros televisivos. Sin embargo, la realidad es muy diferente. Cada vez son más los medios de comunicación que ven a su público como un cliente fácil de embaucar. La violación de los códigos de ética se realiza de manera cotidiana e intencionalmente, no sólo porque no hay consecuencias, sino porque resulta muy conveniente.

    Algunos han identificado al magnate inventado por Eco con Silvio Berlusconi, el hombre más poderoso de Italia durante décadas y quien dominaba la televisión de su país. No obstante, en las entrevistas que ha concedido a los diarios El País y ABC en España, Eco lo negó y afirmó que hay muchos ejemplos de poderosos, no sólo Berlusconi. Además, recordó, han existido muchos periodistas con un negro historial, por ejemplo un tal Pecorelli en Italia, cuyas noticias no eran publicadas pero terminaban en el escritorio de ministros y se transformaban de inmediato en un chantaje. Un día cualquiera apareció asesinado.

    En Número cero aún no se presiente el surgimiento de la revolución informática. La vida de los personajes transcurre en esos años previos a 1995 cuando no era posible enviar un correo electrónico en cualquier momento para hacer llegar información de un continente a otro. Los teléfonos celulares eran considerados artículos suntuarios que quizá no tendrían mayor trascendencia a lo largo de los años y la lectura de un periódico sólo era posible gracias al papel y la tinta. Los cambios que han ocurrido desde entonces, concluimos luego de leer a Eco, no han modificado en lo sustancial la manera en que los malos periodistas tratan de manipular a sus lectores.

JJDeG

 

Umberto Eco, Número cero, Lumen, 2015

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