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los desplazados

de la república

de las letras

El siglo XVIII francés vio surgir a un conjunto de escritores que, al ver frustrada su aspiración a vivir de su trabajo, cultivaron el odio a la élite y llamaron al derrocamiento del rey. Guillermo G. Espinosa describe en este artículo el recorrido que realiza Robert Darnton sobre las prácticas e instituciones periodísticas de esa época.

François-Marie Arouet, Voltaire, y Federico II el Grande, en un grabado de Pierre Charles Baquoy, circa 1800.

Guillermo G. Espinosa*

 

 

A unos pasos del río Sena, la rue Saint Severin del siglo XVIII, y sus inmediaciones, nada tenían que ver con el escenario arquitectónico y comercial que hoy copan los turistas encantados por el París antiguo. En aquellos años, en plena monarquía, las buhardillas eran habitadas por personajes marginales que se ganaban la vida escribiendo libelos e historias de sensacionalismo sexual, para surtir al mercado ilegal de libros y pornografía. Vivían entre estafadores, ladrones y asesinos; eran acosados por policías y espías del reino y se habían acomodado en ese sitio en el periodo tardío de la Ilustración, anhelando un lugar en la Academia Francesa. Creían en el ideal voltaireano del hombre de letras que vive de sus escritos. Pero fueron rechazados. Su respuesta fue cultivar el odio a la élite y llamar tempranamente a derrocar al rey.

  Estos escritores que solían abstenerse del matrimonio, vestir harapos y pasar hambres, fueron marginados de la República de las Letras, ese espacio imaginario donde convergen los hombres de conocimiento e ideas, capaces de guiar a la humanidad con sus luces. El mismo Voltaire, que creía en las jerarquías de este constructo social de raíz renacentista, se refirió a ellos como “parias de la literatura”; celebraba abiertamente el buen gusto de los burgueses, tanto como la exclusión de esa “chusma andrajosa”, “especie miserable” situada por debajo de las prostitutas en la escala social. 

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Un historiador neoyorquino, Robert Darnton, propuso a principios de la década de 1980 una aproximación distinta. Su intención fue la de entender el papel de los escritores marginales en la difusión de los argumentos antimonárquicos. Para llegar a ese punto adoptó como método la descripción “gruesa”, tomó elementos de la antropología y particularmente de la obra del californiano Clifford Geertz, pero sustituyó el trabajo de campo por la lectura de farragosos archivos de la policía, la cancillería y otras instituciones de la corona, como la cárcel de la Bastilla.

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Robert Darnton

Los estudios de la Revolución Francesa se ocuparon tradicionalmente de los acontecimientos políticos, las biografías y el análisis del pensamiento abstracto en curso, sirviendo a la historia de las ideas y la filosofía de la historia. Un historiador neoyorquino, Robert Darnton, propuso a principios de la década de 1980 una aproximación distinta. Su intención fue la de entender el papel de los escritores marginales en la difusión de los argumentos antimonárquicos. Para llegar a ese punto adoptó como método la descripción “gruesa”, tomó elementos de la antropología y particularmente de la obra del californiano Clifford Geertz, pero sustituyó el trabajo de campo por la lectura de farragosos archivos de la policía, la cancillería y otras instituciones de la corona, como la cárcel de la Bastilla. Además de una vasta obra acumulada a sus 81 años, Darnton dejó al público un sitio en internet (www.robertdarnton.org) donde compiló información sobre la historia del libro en el periodo prerrevolucionario. Es tan solo una parte de la documentación que Darnton leyó para escribir acerca de la historia cultural francesa con una visión “desde abajo”, desde la gente de carne y hueso, que debía sostener una forma de vida e ingresos. Ellos, que habitaron el barrio Latino de París, fueron su objeto de estudio. Los escritores marginales no tuvieron acceso al sistema corporativo de los “privilegios del rey” y sus obras poco o nada brillaron frente a un Cándido o del optimismo o un Del espíritu de las leyes. Sus anhelos chocaron además con el órgano ejecutivo del Estado monárquico que se dedicó a cuidar el orden literario, siendo el rey la figura más protegida por la Direction de la Librairie. Aquellos que no fueron aceptados por la Academia, se volvieron en su contra, rezumaron odio contra la monarquía como forma de Estado y de vida, denunciaron su corrupción y decadencia, y clamaron por una nueva República de las Letras igualitaria y democrática. Todavía más que eso, con sus panfletos, los libellists prendieron el fuego de la revolución de julio de 1789.

  Las ideas liberales y republicanas de los grands del Iluminismo francés –muy a pesar de sus expresiones aristocráticas– habían sido ya tan sediciosas como las de los pamphletaires. Al integrarse en el orden establecido, los Ilustrados habían socavado la fe de la élite en la legitimidad social, dice Darnton. Al atacar a esa clase privilegiada, los libelistas propagaron la deslealtad más profunda. En los orígenes intelectuales de la Revolución Francesa, cada uno de los bandos, filósofos y escritores marginales, desempeñaron una función para desmantelar un Estado que resistía esta guerra a través de la palabra impresa, valiéndose para ello de un cuerpo de funcionarios que censuraba libros y administraba los privileges du roi; se sirvieron además de policías que perseguían el contrabando de libros prohibidos, el sensacionalismo sexual y la pornografía del submundo. Eran los guardianes del orden literario (Censores trabajando. De cómo los Estados dieron forma a la literatura, México, FCE, 2014).

   Darnton designa con el nombre de Grub Street al espacio de los escritores marginales, en alusión a una calle de Londres que también fue refugio de impresores pobres y disidentes. Tal como existía un poder estatal que introducía regulaciones e instituciones formales, así también se formaban en aquella República de las Letras las prácticas informales del ecosistema editorial. Estaba por un lado le monde de los grandes escritores, que recibían mecenazgos, pensiones o sueldos de funcionarios, como Jean-Baptist-Antoine Suard, que dirigió la Gazette de France, una suerte de periódico oficial de la monarquía. Y estaba por otra parte el submundo, habitado por pamphletaires, editores pirata y comerciantes de libros prohibidos. Existían los privilegiados del rey –aprobados por los censores reales– y los marginales, que además de libelos, escribían textos por encargo (Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen, Madrid, FCE, 2003), los hoy llamados “negros”.   

 

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Eduard Limónov, con dos militantes de su partido en 2004. Foto tomada de hannaosemicz.wordpress.com

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La prensa en aquellos días tenía ya visos de actualidad. Aunque los impresos tenían aún el formato de un libro, a una columna y sin distinguir mucho entre el título y el cuerpo de texto, las imprentas en Europa ya comenzaban a producir publicaciones periódicas, mensuales, quincenales y, en el caso de Francia, un diario desde 1777, el Journal de Paris, con su cabezal independiente y a dos columnas. Estaba puesta ya la semilla del periodismo en diversas expresiones. La Gazette de France era desde principios del XVIII un medio para la voz del rey. Ahí se publicaban edictos y sucesos relevantes al reino: relatos de batallas, desastres naturales o informes sobre epidemias. Existía así lo que hoy llamaríamos un órgano de difusión del Estado. Igual, para entonces, los panfletos sirvieron de lienzo a la política, fuera de la esfera de las cortes. Se trataba de una remota prensa, política liberal. Coexistían de este modo distintas formas de hacer periodismo: noticioso, de Estado y político.

  Como historiador cultural de la Francia del XVIII, Darnton inició sus investigaciones en los campos de la historia intelectual y de la historia del libro. Dado que su interés estaba en los márgenes, acabó en el estudio de los panfletos y sus autores y transitó a la historia de la prensa y el periodismo. En su juventud, Darnton fue reportero de dos periódicos, uno local llamado The Newark Star Ledger, y otro de fama internacional, The New York Times, cubriendo principalmente la nota roja. El periodismo lo traía de familia. Su padre, reportero del Times, murió en la cobertura del frente del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Con estudios de Historia en Harvard y Oxford, no le resultó difícil dejar la redacción del Times, pues le pesaba más la vocación por la docencia y la historiografía. El breve paso por el diarismo dio a Darnton la oportunidad de hacer algunas reflexiones sobre la dudosa validez de la prensa como fuente de la historia, porque pudo observar que lo publicado un día como un hecho, es tan solo un relato de lo sucedido, como él mismo lo explica en El beso de Lamourette (Buenos Aires, FCE, 2010).

  La experiencia en un diario le fue útil para plantearse formas de hacer historia y formular métodos que tienen mucho de periodístico. Está, por ejemplo, lo que Darnton llama el “retrato histórico”, que permite “atrapar” a la gente en movimiento, conocer las variedades humanas, estudiar episodios, ángulos y complejidades. Ni qué decir de la periodística fórmula de las W para lanzar preguntas sobre la historia de la lectura, a fin de entender quién (who), qué (what), dónde (where), cuándo (when), por qué (why) y cómo (how) han leído las personas. Al fin y al cabo, para la historia cultural, lo relevante son las prácticas y las representaciones. Y esta corriente, bajo la influencia de la antropología y las ciencias sociales, es con la cual se identifica Darnton. No es por nada su amistad con Geertz, autor de La interpretación de las culturas (Madrid, Gedisa, 1987), que se enfocó hacia la acción simbólica de las colectividades humanas, Robert Merton, teórico del funcionalismo social, y Pierre Bourdieu, prolífico sociólogo que analizó el poder, los intelectuales y los medios en la sociedad del siglo XX. Tampoco es por casualidad que las investigaciones de Darnton sobre la actividad editorial, puedan entenderse como la “dimensión histórica” del sistema mediático moderno. 

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Darnton había escrito ya en 1982 que el sensacionalismo sexual era material de venta regular en los circuitos de la literatura clandestina. Los nodos iniciales de estas redes estaban localizadas fuera de Francia, en Londres, Amsterdam y Neuchatel, en la frontera con Suiza. En estos libelos, Madame Du Barry, esposa de Luis XV, era mostrada como una prostituta que había logrado ingresar por la puerta grande al palacio de Versalles, donde además tenía relaciones lésbicas con sus doncellas.

En una línea coincidente de investigación sobre prensa y periodismo en el periodo prerrevolucionario francés se ubica el trabajo de Lynn Hunt, autora de The Many Bodies of Marie-Antoinette. Political Pornography and the Problem of the Femmine in the French Revolution de 1992, quien explica que la representación pornográfica del cuerpo de la reina sirvió para envilecer y denunciar políticamente a la monarquía, eludiendo ofender la sacralidad de la figura del rey. El poder de la reina era evidente para los franceses, a pesar de las formalidades que otorgaban la supremacía al monarca. Era poderoso su cuerpo, pero al mismo tiempo era la pieza vulnerable de palacio con la que se ensañaron los enemigos del statu quo. Darnton había escrito ya en 1982 que el sensacionalismo sexual era material de venta regular en los circuitos de la literatura clandestina. Los nodos iniciales de estas redes estaban localizadas fuera de Francia, en Londres, Amsterdam y Neuchatel, en la frontera con Suiza. En estos libelos, Madame Du Barry, esposa de Luis XV, era mostrada como una prostituta que había logrado ingresar por la puerta grande al palacio de Versalles, donde además tenía relaciones lésbicas con sus doncellas. Memoires Authentiques de la vie de Madame Du Barry era, digamos, un best seller. En el esquema clandestino de distribución estaban inmersos los bouquinists, libreros que vendían al aire libre como lo hacen hoy algunos a orillas del Sena. Parece obra de la casualidad, pero es de llamar la atención que el término empleado para referir al vendedor tenga la raíz inglesa de book y la holandesa de boek.

   El concepto República de las Letras tiene un trazo histórico que se sitúa en el Renacimiento italiano, en los estudios clásicos grecorromanos. Erasmo de Rotterdam lo llevó a una de sus obras en 1520 y otras apariciones ocurren en Alemania, según un estudio de semántica histórica hecho por el lingüista Francois Waquet (Bibliotheque de L’ecole de Chartes, Vol. 147, 1989). A finales del XVII, surgió una publicación mensual que tomó el nombre de La Republique des Lettres (1684-1718), una book review en los comienzos de la prensa periódica y sus variadas formas. Su primer editor fue Pierre Bayle, un francés radicado en Amsterdam, quien hubo de eludir la censura. En el imaginario intelectual existía realmente un espacio para los hombres de conocimiento, aunque no había cupo para todos, ni siquiera para el periódico que le daba vida en el papel. Años después, de 1779 a 1788, Claude De la Blancherie publicó La Republique des Lettres et des Arts, esta vez sí en París, extendiendo el campo del periodismo a asuntos culturales. Escritores marginales colaboraron con este periódico que, escribió Darnton, les sirvió de vehículo para sacar sus frustraciones. Criticaban a los académicos y reseñaban libros que no habrían de ser mencionados jamás en los monárquicos Mercure –donde escribió Suard por un tiempo– y el ya citado Journal de Paris.

 Visto desde Grub Street, aquella res publica no era ni igualitaria ni democrática, sino jerárquica y excluyente, hasta que sobrevino la revolución. Cuando los libellists se hicieron del poder, destruyeron las instituciones del Siglo de las Luces y en su lugar fincaron entidades republicanas donde obtuvieron, finalmente, el mecenazgo deseado, la pensión o el puesto en la administración. Jean-Paul Marat y Camille Desmoulins fueron dos de los que transitaron de una era a la otra, pero lo hicieron varios más, al mismo tiempo que la prensa alcanzó un auge inusitado en Francia. Después de la toma de la Bastilla se imprimieron 250 nuevos periódicos y 350 en 1790. “La Revolución desencadenó una revolución en el periodismo”, escribió Darnton. El libelo se convirtió en un género periodístico y tuvo su principal expresión en una publicación como Pere Duchesne, una gaceta editada por Jacques-René Hébert, que se propuso expresar el sentir en las calles de París, dando vida a la prensa popular. Uno de los más punzantes libelistas fue, por otra parte, Charles Théveneau de Morande, autodenominado el philosophe cynique, editor de Gazetier cuirassé, al cual Darnton vio como un antecedente del periodismo de chismorreo, pero poderosamente inquisitivo ante la presunta divinidad del monarca. “Acaba de aparecer un nuevo libro, que insta al rey de Francia a que demuestre su origen divino, mediante un documento firmado por el padre eterno”, es un ejemplo de lo que podía leerse en esas publicaciones. Así se las gastaban los pobres de la República de las Letras, jacobinos convencidos. Así dieron argumentos a la revolución.

* Guillermo G. Espinosa es periodista con estudios en comunicación, ciencia política e historia. Ha escrito reportajes, crónicas y entrevistas acerca de 15 países, incluido México. Cubrió la guerra civil en El Salvador y escribió sobre política, economía y cultura de los Estados Unidos, siendo corresponsal de Excélsior. La historia del periodismo es su especialidad académica.