El lector en su biblioteca

Los estantes de cualquier casa acopian una selección de libros tan personal, que asomarnos a ella es, en realidad, ceder a la irresistible tentación de ser indiscreto.

De la curiosidad de las curiosidades,

la curiosidad de la lectura.*

 

Todos necesitamos nuestro espacio personal. Ese lugar donde el que manda es uno y los otros no se atreven a opinar. Mi padre tenía el suyo y enseñó a toda la familia a respetarlo. Él decidía el tiempo que destinaría a estar en soledad, acompañado sólo por aquello que a él en lo particular le interesaba. Recordemos que conocer, entender, descubrir son nuestros máximos placeres, por eso es tan difícil ceder a la tentación de la curiosidad. En ese espacio, mi padre se regodeaba, se sumergía en ese gozo y entonces a los demás integrantes de la familia nos era vedado el paso.

   El oficiante único del rito que tenía lugar en ese espacio estableció las reglas necesarias para evitar intromisiones. Una puerta cerrada es la expresión más clara de la prohibición y nadie en la familia era capaz de cometer la osada acción de interrumpir cuando él había emprendido su aventura mental.

   La preservación radical de un bien hace que éste se convierta en un tesoro y resguardar un tesoro provoca, de manera inevitable, el deseo de caer en otro de los placeres más intensos del ser humano: la profanación.

   Durante la niñez y la adolescencia, las etapas del descubrimiento, ver una puerta entreabierta es una invitación imposible de rechazar. En mi caso esa puerta entreabierta fue la del santasantórum, así le llamaba mi padre a su espacio, y cruzar ese umbral, cuando él estaba ausente, era descubrir, conocer, entender y disfrutar el espacio vedado. Era el placer del conocimiento, era una ventana al mundo: en ese lugar me era dado conocer la historia de la humanidad, la vida íntima de grandes y pequeños hombres y mujeres, la historia de México en imágenes que en ninguna otra parte podía encontrar, las palabras y la historia de las palabras, fantasías imaginadas por los más grandes artistas. Lo actual y lo pasado podía encontrarse ahí, donde además reinaba el orden.

   En realidad, no recuerdo con precisión el momento en el que supe que todo eso que me hacía entender y conocer llegaba a mí por medio de objetos de papel llamados libros. Eso ocurrió después y por supuesto, aprendí a atesorarlos, pero en esos momentos yo ignoraba que la fuente en la que bebía era una biblioteca.

   Mi padre tuvo esa biblioteca toda su vida y siempre los ejemplares estaban ordenados en los rubros que a él le parecían los importantes: historia, geografía, biografías, enciclopedias, religiones y novelas. El número de sus libros fue decreciendo junto con el paso del tiempo, pero eso no fue él porque hubiera dejado de comprarlos, sino porque fue conservando sólo aquellos que realmente eran imprescindibles. Al final tenía en dos libreros un poco más de doscientos ejemplares; muchos de ellos ya no es posible encontrarlos en el mercado, sobre todo, claro los más antiguos. También se encuentran primeras ediciones, principalmente de novelas, pero no porque él fuera un coleccionista, sino porque las adquiría en el momento en que eran lanzadas a la venta.

   "Los libros del santasantórum" es el espacio donde se reseñan los ejemplares que mi padre dejó, para tratar de mostrar la manera en que una biblioteca es la expresión de una personalidad y la complejidad que puede alcanzar el bagaje de conocimientos que cada uno de nosotros acumula.

 

sanctasanctórum. Tiene su origen en la locución latina sancta sanctórum (literalmente, “parte o lugar más santo de los santos”), que es como se denominaba la parte interior y más sagrada del tabernáculo erigido por los judíos en el desierto y, después, del templo de Jerusalén. Se pronuncia corrientemente [santasantórum].

 

Diccionario panhispánico de dudas. Real Academia Española

* Paráfrasis de las palabras de José Lezama Lima: "De la contradicción de las contradicciones, la contradicción de la poesía".

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