cómo era en otros tiempos el camino de campo

En este ensayo, Angelo Medina Lafuente comparte una experiencia de lectura, a partir del libro Camino de campo de Martín Heidegger, y nos invita a comprender la profunda riqueza, quizá perdida, que se encuentra en la amplitud del cielo y en el amparo de la tierra”.

Merok, Geiranger, Noruega

Norge, Mittet & Co. Kunstforlag, Kristiania, 1917

Angelo Medina Lafuente

 

Próximo está el paso del pensador como el paso del campesino que, decidido, marcha a segar. Ambos saludan a un viejo roble. En cada estación por el mismo camino de campo, la proximidad siempre es diferente. El día lo es, nada es idéntico, sino similar. Al amanecer la alondra se alza en vuelo, por la tarde un leñador arrastra su haz de leña al hogar. Allí con su mujer y sus hijos compartirá una sopa caliente entre silenciosas miradas de callada gratitud. Otro amanecer, los niños recogen flores, la niebla avanza por los prados, la lentitud de los que trabajan la tierra con un encorvamiento que no cesa, el pastor que arrea su ganado pendiente arriba.

     Martin Heidegger, en Camino de campo, escribió que el aliento del campo será lo sencillo que “encierra el enigma de lo que permanece y es grande”. El bosque, los prados, todo lo que ahí ha crecido “dispensa mundo”. Aliento únicamente oído por el ser humano nacido en su aire. El peligro está en ser sordos a ese lenguaje. Un lenguaje que indica una forma de oír donde las resonancias de un sonido lejano tienen un significado. El pensamiento nace de esa escucha atenta. Intuyendo, Heidegger mencionó que al ser humano sólo le llega el ruido de los aparatos que, casi “tienen por la voz de Dios”. Dispersión, evasión.

     El aire, el aliento del camino de campo contiene un saber sereno, el autor de Ser y tiempo lo llama “Kuinzige”, su etimología no está clara, anotó en una carta. No obstante, la palabra se refiere a “la preponderancia serena y melancólica respecto a todo lo acostumbrado y habitual”; preponderancia que “carece de altanería y tampoco es un tipo de burla maliciosa”. Lo “kuinzige” es una “inclinación hacia las personas y cosas del lugar y una auténtica preocupación por éstos”, sin segundas intenciones. También esa palabra está en el pensamiento, y se refiere “a la agudeza por lo que es esencial”, y contrario a una “unidad superior”. Es el pensamiento que crece en la amplitud del cielo y en el amparo de la tierra. Lo concreto, lo sencillo y llano, más que las ideas abstractas, orientan el camino.

     Las dos guerras mundiales sacrificaron el camino de campo. Cielo y tierra estremecidos por la artillería. Campos de trincheras, blindajes y zanjas antitanques. El tronco astillado del roble por los proyectiles. Vainas vacías en los alrededores. El silbido de las bombas, de las granadas, el alarido de las minas, el prolongado grito de las sirenas. “Ahora el aliento del camino de campo es muy nítido” creyó Heidegger después de lo acontecido. Demasiado pronto el polvo y el humo se dispersaron de la memoria.  

     El cruce del camino de campo no acorta el paso. Cerca, el pensador y el campesino se encontraran con un roble, debajo hay un banco de madera de tosca entalladura. En campos más áridos, la sombra de un olmo les dará respiro. Tratar con cuidado lo andado. “Pensar es el noble cuidado”, escribió Heidegger, es no evadirse del mal ni de la pena; es un franco preguntar. El camino de campo no simplifica.

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Martín Heidegger en Messkirch, Foto tomada de la página web del Museo Martín Heidegger

Martin Heidegger, Camino de campo, Herder, Barcelona, 2003

La mirada de Heidegger a las montañas, a los arroyos, a los prados, nada tiene de estetizante, no ve con “los ojos del huésped o del veraneante”, se trata de existencia diaria, y eso no ocurre en los “instantes deseados de una sumersión gozosa o de una compenetración artificial”. Existencia diaria que se manifiesta en el trabajo, y esto, naturalmente, se trata del pensamiento. “Yo mismo nunca miro realmente el paisaje”, sentenció Heidegger.

     El camino de campo muestra la existencia, la vida humana, expuesta, abierta a las llanuras. No es un camino hacia una meta, más bien se trata de retorno: camino a casa, camino a la cabaña. Heidegger y Elfride, su mujer, compraron una pequeña parcela cerca de Todtnauberg, en las montañas de la Selva Negra. Ahí construyeron una cabaña, el filósofo ayudó con sus propias manos a levantarla. Será un refugio para el pensar, para continuar lo andado del camino de campo. Cuando cae la profunda noche del invierno, y lo oscurece y oculta todo, llega la “hora propicia de la filosofía”, señala Heidegger, la elaboración de cada pensamiento es ardua y severa; acuñar las palabras exige el mismo esfuerzo de los abetos contra la tormenta. La época en que habitaba la cabaña, Heidegger preparaba la redacción de Ser y tiempo. En una carta a Hannah Arendt, Heidegger escribe que todo lo que está a su alrededor lo aleja de “toda existencia despedazada y desmenuzada por la cavilación”, no necesita lo “interesante”, y el trabajo adquiere la regularidad de los golpes de un talador.

     Heidegger revela que en la cabaña buscaba la soledad. Soledad que no aísla, sino que “arroja la existencia humana total en la extensa vecindad de todas las cosas”. Proximidad con lo que acontece en el mundo. El pensamiento es experiencia de la proximidad. El camino de campo, el refugio de la cabaña, marcan el ritmo de la existencia como apertura, y no como aislamiento. El aislamiento se convierte en indiferencia, se trata de no percibir lo que sucede, no notar los cambios, no sentir la transformación continua de día y de noche, no ver las diferencias de las cosas y las personas. Todo es igual y le da igual al aislado, al indiferente.

     Heidegger, en ¿Por qué permanecemos en la Provincia?, relata que cuando estaba solo semanas enteras en su refugio, una campesina de ochenta y tres años subía a menudo a visitarle, quería percatarse si él “todavía estaba allí”. La noche en que murió, ella la pasó conversando con sus parientes y, a poco de morir, envió un saludo al “señor profesor”. Llegar a la cabaña de Heidegger requería atravesar una “abrupta cuesta de un amplio y alto valle”.

Angelo Medina Lafuente (Bolivia, 1991) estudió música y filosofía. Asistió a diferentes cursos de historia del arte. Ha publicado Pensar con el oído (E1 Ediciones, México, 2020).