limonov, ¿un Che guevara, pero con hambre?

El creador del Partido Nacional Bolchevique, ¿era realmente un opositor al régimen ruso?

Eduard Limonov en la oficina del Partido Nacional-Bolchevique a mediados de los 90. Foto tomada de blogs.elconfidencial.com/espana/el-confidente

Lioubov Rovinskaia

Vladímir Vladímirovich Putin es sin duda una figura de gran fuerza y presencia, y consecuencia de ello –y presuntamente de corruptelas enormes– es su avasalladora permanencia en el poder los últimos veinte años. En ese tiempo, diversos opositores a su régimen han surgido, desde Mijaíl Jodorkovski, Anna Politkóvskaya, Alexander Litvinenko hasta el muy activo abogado y político Alexéi Navalny, creador de la Fundación Anticorrupción, a quien sus detractores llaman “otro Putin, pero con hambre”; o el ex campeón mundial de ajedrez Gary Kaspárov, quien junto con el polémico escritor Eduard Limónov, fundó en 2010 el partido opositor La Otra Rusia.

     La reciente muerte, el 17 de marzo, de este último volvió a atraer la atención sobre la novela biográfica Limonov (2011), del francés Emmanuel Carrère, y que dio al controvertido personaje más atención que sus casi setenta títulos publicados, entre novela y ensayo. Una ola de reseñas inundó los portales de noticias, no desprovistas de cierto romanticismo respecto de su militancia política, acaso influida por el Limónov escritor. Limónov se define abiertamente como radical, se pronuncia sin disimulo en cadena nacional contra minorías específicas y propone medidas totalitarias a las problemáticas del país, lo que le ha valido la etiqueta de fascista.    

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Su apoyo a las manifestaciones prorrusas que culminaron con la anexión de Crimea en 2014 –por mencionar un hecho reciente– no es precisamente una postura contraria a los intereses de Vladímir Vladímirovich, lo que presenta la oposición de Limónov como no tan diametral a fin de cuentas, llevando a la pregunta por el verdadero cambio, por la verdadera opción liberal para Rusia.

Emmanuel Carrerè, Limonov, P.O.L., París, 2011

Limónov, para muchos un revolucionario de la literatura rusa moderna (concretamente con su novela autobiográfica Ya, Yédichka o El poeta ruso los prefiere negrazos) y Kaspárov, encumbrado como símbolo de la Perestroika, estuvieron en su momento tras las rejas por su oposición activa al régimen de Putin. Su apoyo a las manifestaciones prorrusas que culminaron con la anexión de Crimea en 2014 –por mencionar un hecho reciente– no es precisamente una postura contraria a los intereses de Vladímir Vladímirovich, lo que presenta la oposición de Limónov como no tan diametral a fin de cuentas, llevando a la pregunta por el verdadero cambio, por la verdadera opción liberal para Rusia. En México coloquialmente conocemos esto como la preocupación por que el cambio de manos del poder no resulte en un “quítate tú para ponerme yo”, es como decir, ¿era Francisco I. Madero un “Porfirio Díaz pero con hambre”?

     A casi 30 años de su desmoronamiento, la Rusia antes y después de la URSS sigue dividiendo opiniones y suscita todavía una suerte de embeleso, de ilusión (porque hay que reconocer que el comunismo es una utopía muy bonita), espoleada por un profundo desencanto de las instituciones de facto en Latinoamérica, donde las dictaduras y las enormes corruptelas han socavado la confianza en los sistemas (que se dicen) democráticos. En este contexto, la fascinación por figuras como el Che Guevara muestra primero que nada un anhelo de cambio, sí radical, pero acaso más bien por el hartazgo social que fruto de un convencimiento ideológico. No se ha cumplido la promesa postindependentista en América, así como no se cumplió la soviética en las veintiséis repúblicas que conformaron al gigante de la URSS. Por lo menos desde Platón, estamos sentados, o disparándonos entre nosotros, tratando de responder cuál es la mejor forma de organizar la sociedad.

     Decía Winston Churchill que “la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás que se han inventado”. La mayor deficiencia de este sistema es grosso modo que a la gente, a la mayoría de los votantes, lo que más le importa en cuanto a vida pública es saber si la inseguridad aumentó en su barrio, si subirá el precio de los productos básicos, resultados del futbol y chismes de celebridades. La política en general se percibe, en todas las culturas me atrevo a decir, como algo sucio, cuyas sutilezas hay que tomarse el trabajo de descifrar, leer entre líneas; hacer, en fin, un esfuerzo demasiado grande, y la mayor parte de los votantes no lo hace. El poder queda entonces en manos de quienes se interesan por el poder, y éstos acceden así a los medios para perpetuarse en él. El acierto de Putin, coinciden sus detractores, es saber disfrazar de democracia su transformación paulatina en zar.    

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La política en general se percibe, en todas las culturas me atrevo a decir, como algo sucio, cuyas sutilezas hay que tomarse el trabajo de descifrar, leer entre líneas; hacer, en fin, un esfuerzo demasiado grande, y la mayor parte de los votantes no lo hace. El poder queda entonces en manos de quienes se interesan por el poder, y éstos acceden así a los medios para perpetuarse en él.

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Eduard Limónov, con dos militantes de su partido en 2004. Foto tomada de hannaosemicz.wordpress.com

Hay dos maneras de mantener el poder: por persuasión o por la fuerza. Platicando con un par de amistades moscovitas, P., nacido en 1982, ve a la población polarizada entre quienes defienden el régimen y quienes “tienen un enfoque más liberal” (la mayoría jóvenes); le parece que todo mundo se da cuenta de que Putin modifica la Constitución a su antojo y lamenta que la mayoría reaccione “con languidez” y las protestas sean sobre todo en forma de memes. Se queja también por la tremenda cantidad de propaganda del Kremlin. Ni él ni muchos de sus conocidos le creen a la prensa rusa; prefieren buscar, dice, en blogs o en cualquier fuente alternativa de información. “Es excelente que haya internet”, remata.

     Para D., nacida en 1990, las generaciones mayores apoyan a Putin “porque prefieren conservar la estabilidad”, mientras que entre los más jóvenes prevalece la preferencia por Navalny. Asegura que es un mito de los años 90 la idea de que en Europa todo está bien y en Rusia no; percibe que quienes crecieron después de la Perestroika hoy piensan en la época soviética como en “un buen tiempo” o no piensan en absoluto. “Ya  es visto como la Antigüedad”, bromea. Sobre los opositores, dice que denuncian la represión y las detenciones, pero que éstas ocurren por disturbios durante los mítines, “nadie agarra a la gente así nada más en la calle”.

     Pero la represión ahí está y se nota. Entre 2018 y 2019 hubo cuantiosas manifestaciones en Chile, Bolivia y Colombia. Por entonces también en Moscú la gente salió a protestar en diversas ocasiones contra la cuarta reelección del ex agente de la KGB. En Santiago de Chile fueron detenidas casi 500 personas en dos semanas de marchas masivas con decenas de miles de asistentes; en Moscú, las cifras de detenidos reportadas por agencias internacionales eran de mil arrestos en un solo día. Y esas personas reciben en Rusia castigos desproporcionados: 4 años de cárcel “por incitar al extremismo” a Igor Zhúkov, de 21 años, luego de que arrojó una botella de agua hacia la línea policíaca durante una marcha en Moscú el verano del año pasado, por ejemplo; o las detenciones, tan oportunas para cada jugada de Putin: Navalny suele ir tras las rejas cuando se avecinan elecciones. Putin deja claro, pues, que no piensa dejar el Kremlin y que, de intentar obligarlo, habría mucha más sangre que en agosto del 91 (el golpe de estado se saldó con una sola víctima mortal). Es como si dijera, desde el icónico palacio moscovita que ocupara siglos atrás Iván El Terrible, “mientras yo viva, se quedarán con hambre”.

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