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mirar, caminar

y comunicar

Toda lectura está siempre atravesada por la experiencia del lector, por eso leer es quizá la actividad creativa por excelencia. María José Daona, al revisar la novela Aurificios, de Alan Castro Riveros, parte de un pasaje de su vida personal y desde ahí nos invita a sumergirnos en un texto profundo y complejo.

Ilustración de Pablo Gozálves para la portada de la novela Aurificios.

María José Daona*

 

 

Como toda lectura está atravesada siempre por la experiencia del lector, he decidido comenzar estas palabras con una anécdota personal. Hace algunos años, durante mi primera visita a La Paz, me propuse encontrar el paradero de la tía Luz. La conocí a través de una foto que me mostraba mi abuela y de algunos relatos que me contó durante la niñez. Localizarla era recuperar algunos retazos de la memoria familiar. Después de unos días la encontré. Vivía al final de una calle, en Obrajes, cerca de la plaza Roma. Cuando por fin la visité descubrí algo que no era parte de mi búsqueda: la tía Luz tenía el mismo olor, el mismo aliento que mi abuela. Cada una de las veces que volví a La Paz la fui a ver. Unos años después, en un nuevo reencuentro, estaba muy viejita y supe que no aguantaría mucho más. En mi último viaje decidí no visitarla porque no quería escuchar que había muerto. No sé qué fue de ella y esta incertidumbre genera que pueda conservar la idea de que aún existe el olor de mi abuela en algún lugar recóndito del mundo. La memoria se teje con retazos de sensaciones, de búsquedas y voces y también se preserva, de diversas maneras. Aún conservo el recuerdo de ese olor, aún permanece vivo en ese barrio paceño a la espera de que algún día intente volver.

  Cuando, hace muy poco, comencé a releer Aurificios, esta anécdota resonó incesantemente en mi cabeza. ¿Qué tenía que ver la tía Luz con la novela? Quizá todos, como el Investigador de este relato, buscamos el oro, atravesamos espacios y nos convertimos en caminantes, que hilan a través de sus pasos, diálogos, encuentros y desencuentros. Aurificios es eso:  una novela de búsquedas, de caminos, de vaivenes y de fragmentos de la gran ciudad andina. Sus letras y palabras van “poblando el ámbito de posibilidades fantasmales o trayendo desde el pasado los olores de antiguas pisadas rumbo a puertas recién abiertas” (p. 20-21). El lector de este texto debe rastrear esos pasos fantasmales y construir a su vez espacios que le den sentido a la escritura. Lector abandonado por un autor que aún no ha nacido a quien la novela misma debe dar a luz. Este autor nonato siempre está latente aunque, por momentos, otros personajes asuman la autoría. A pesar de no haber nacido, “él sabe cómo venir al mundo” y ese venir “depende de los que ya estamos aquí” (p. 95). El lector queda desconcertado frente a la diversidad de voces, indaga constantemente quién narra, quién habla, a quién pertenecen esas voces, se pregunta quién es quién en esta trama de sujetos opuestos y también complementarios. 

El universo novelesco es expansivo, se amplía de manera circular, como un árbol que, plantado en el suelo, crece desde su centro hacia los costados. En ese centro se localiza lo encubierto, lo oculto, lo que queda fuera del espectro de nuestra visión y es, justamente, ese interior una invitación a transitar los caminos de la escritura.

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Aurificios es también una novela de incertidumbres. Los diferentes personajes son y no son, aparecen y desaparecen, trenzan sus historias, buscan cosas inhallables. La narración, dadora de sentidos y organizadora textual, se disuelve y se desmorona para incorporar otras lógicas y otras formas de mirar el mundo. El universo novelesco es expansivo, se amplía de manera circular, como un árbol que, plantado en el suelo, crece desde su centro hacia los costados. En ese centro se localiza lo encubierto, lo oculto, lo que queda fuera del espectro de nuestra visión y es, justamente, ese interior una invitación a transitar los caminos de la escritura.

   Entre búsquedas e incertidumbres, entre pasos y desplazamientos pienso en la idea de deambular. Dice el antropólogo británico Tim Ingold que “deambular es el modo fundamental en que los seres vivos pueblan la tierra. Y por poblar no me refiero a tomar un lugar en el mundo ya preparado de antemano por los que llegaron a residir allí. El poblador es más bien quien participa desde dentro en el proceso continuo de venir al mundo y quien, dejando un itinerario vital, contribuye a su trama y textura” (Líneas. Una breve historia, 2015, p. 119). En Aurificios, la búsqueda del oro implica un deambular, un vagabundeo en el que es necesario, según el olvidado, “unir la mirada al movimiento de los pies (p. 45)”. En cada paso se construye un itinerario de sujetos que se complementan, que se reconocen entre sí, que van poblando las páginas de esta novela.

   Aurificios además es una novela política. Mirar y caminar son dos acciones en donde se evidencia una forma de habitar el espacio. El diálogo supone la presencia de los cuerpos que se cruzan en las calles, que se rozan, que se sienten y, por supuesto, que pueden verse entre sí. Divisar al otro es un gesto que afirma una doble existencia: por un lado, la del que pasa y, por otro, la del que mira. Es el reconocimiento de uno en el otro y, por lo tanto, la construcción de una trama social. Esta forma de caminar es en sí un acto de resistencia, una conspiración que pone al descubierto la falsedad del discurso hegemónico estatal y nacional que consolidó un imaginario de homogeneidad. En los caminos que crean los personajes se enfrentan a lo fragmentario y se desplazan a las profundidades de los socavones, a plazas, a cuartos, a archivos y tumbas en un intento por auscultar lo invisibilizado por la historia. El Peatón, personaje que recorre el barrio de Miraflores, da cuenta de las formas del tránsito y de la importancia de verse en el otro. Diferencia a los caminantes autómatas, que no tienen conciencia de lo que implica este tránsito y sólo caminan para sobrevivir, de los vagabundos que “hicieron de la calle su destino” (p. 102).

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Tercera puerta.

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Décima o novena puerta.

Mirar, caminar y comunicar son modos de crear un tejido infinito de voces y mundos subterráneos. Son la posibilidad de recuperar el vacío para darle forma y sentido, de construir ese estado que se erija en la “memoria radiante de la contraconquista” que desentierre las historias que no fueron contadas, de permitir “el nacimiento de una nueva lógica ante la cual se haría imprescindible dejarse poseer por las voces de todos nuestros muertos”.

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 Mirar y caminar son formas de descubrir al otro y a todo lo existente. Esto no implica uniformizar lo visto sino más bien reconocer las diferencias. Se construye así un universo externo y otro interno, podríamos decir mejor superficial y profundo. El texto nos invita a caminar como los vagabundos, desde el centro del árbol y de la novela misma hacia afuera, yendo y viniendo en un movimiento continuo que posibilite la comprensión plena de los diversos andares por la ciudad. El hueco y el vacío son los espacios que permiten el entramado. Sin ellos, sólo existirían las piezas estáticas y solitarias, sin posibilidad de contacto.

   Estas formas de caminar y mirar están orientadas a la creación de un estado (con minúscula) que se diferencia del Estado (con mayúscula). Es el Estadista el personaje que sugiere crear un espacio opuesto a la realidad conocida en la que algunos sujetos son siempre extranjeros. Esa “realidad conocida” es la de los nacionalistas que dejan de mirar, preocupados por la idea de pertenencia, en el sentido de lo que es propio y lo que es ajeno. Por su parte el estado con minúscula es un sitio que se funda en las experiencias entrelazadas de cada sujeto y es definido como “un lugar de reconocimiento primariamente personal. Cuando la persona en su soledad haya encontrado su estado, será también el alumbramiento de un mundo y, si quiere hablar políticamente, de un tejido social, de un estilo de relación entre vivos y muertos” (p. 185).

   ¿Y cómo se compone este estado con minúscula? Está conformado por todo lo que pasa por la mente y la imaginación y se hace visible a los ojos; es una arquitectura sin fin que está en proceso continuo de construcción; sus leyes se escriben cotidianamente y deben perder su forma y convertirse en lenguajes humorísticos e indiscutibles que permitan ser libre; está fundado en el afecto y todos los elementos que lo componen tienen que tener sentido en el interior de los cuerpos; y, finalmente, en este estado es necesario “sentir con el otro” (p. 188).

   En una zona del texto, el Investigador está solo en su despacho cuando se presenta una mujer que le recuerda un juego de su infancia en el que acomodaba una serie de muñecos como soldados simulando una guerra. La mujer dice: “nunca los dejaste conversar y entablar relaciones duraderas. Los acomodabas para que se impusieran unos a otros y sólo pudieran relacionarse violentamente. […] Te preguntabas si había otra posibilidad de juego. Es hora de practicar esa alternativa” (p. 74-75). Esta escena es una proyección de la sociedad que muestra las diferencias a partir de una lógica bélica y de enfrentamiento. Además, se manifiesta la necesidad de fundar un nuevo espacio donde la comunicación sea posible, único medio para crear relaciones duraderas.   

En el marco de esas diferencias se localizan las formas de contemplar y caminar del Investigador y del Tuerto, dos de los personajes principales: uno con el ojo derecho, el otro con el izquierdo y en la búsqueda del ojo de oro; uno con un fin determinado, otro deambulando, apareciendo y desapareciendo. En la construcción del estado deseado y con minúscula surge la certeza de que, en algún momento, cumplan con la exigencia de caminar juntos “charlando como si uno completara la frase del otro” y así abrir “un nuevo punto de convergencia para el diálogo infinito que se merecen” (p. 105).

Las calles de la ciudad son el lugar de encuentro entre los sujetos más diversos, los colores, los animales nocturnos, entre el pasado y el futuro, entre vivos y muertos. Allí está el cuerno ciclópeo del unicornio, los pasajes benjaminianos que se esconden detrás de la urbe, una “casa ritmo” siempre vacía, las historias que nunca fueron contadas, el aliento de mi tía Luz, el monolito de Miraflores cansado de tantos desplazamientos, el viejo que guarda en una caja fuerte sus tesoros, Alberto Caeiro y los metabolitos del alma y todos, todos los colores de la ciudad. En las calles se unen tiempo y espacio, movimiento y quietud, el arriba y el abajo. Es allí donde el universo se expande y es posible la más plena comunicación. En esta novela de incógnitas los lectores ingresamos a un camino incesante y nos perdemos en la búsqueda de un Investigador. La pregunta por la ubicación del oro que se hace este personaje se desdibuja por momentos y él mismo se pierde. En alguna zona afirma que va a aclarar de qué se trata esta pesquisa, pero la respuesta no aparece; en otra se pone al descubierto que no sabe exactamente lo que busca. Lo cierto es que en su investigación genera un hilado de voces que le dan forma al texto y, en ese proceso escriturario se crea una comunidad.

   En Aurificios el tronco del árbol es el centro desde donde pueden tejerse las relaciones comunitarias. El árbol no sólo representa un movimiento a lo ancho sino también es el que conecta el cielo con lo más profundo de la tierra. Su crecimiento metaforiza los movimientos de los sujetos que se trenzan entre sí. Estas formas de crecer son “una obligación placentera de comunicar lo visto con lo pisado, con la estampa de la que no nos desprendemos y busca ser vista desde dentro de la tierra en un sueño que nos trae hasta aquí para ser caminado” (p. 182). Desde ese centro de la tierra emergen las posibilidades de comunicación. Allí están guardadas las voces que serán aprehendidas por los transeúntes para restituirlas a los caminos. La conexión que genera esta manera de mirar y caminar posibilita “vivir en la perspectiva que nos dejaron los mayores, sin que nada se haya ocultado nunca y todo sea la acumulación de miradas que los ancestros ampliaron para que nuestra estancia no sea incansablemente espantosa” (p. 182).

   Asistimos a un texto de voces que se multiplican, que se confunden, que se interrumpen, pero esto responde a la lógica de los caminos. Las voces tejen el espacio y se encuentran en la ciudad. “No hay nada que detenga este camino” (p. 165), afirma el Terapeuta para abrir las puertas a la construcción continua del espacio propicio del encuentro, como posibilidad de crear, en la escritura, un aquí y ahora habitable y de todos. Las voces son una marca de lo múltiple que se yuxtaponen en Miraflores, en La Paz y el continente. Ponen al descubierto la falacia del discurso de la uniformidad que silenció y escondió en los socavones la compleja historia boliviana. Mirar, caminar y comunicar son modos de crear un tejido infinito de voces y mundos subterráneos. Son la posibilidad de recuperar el vacío para darle forma y sentido, de construir ese estado que se erija en la “memoria radiante de la contraconquista” (p. 167) que desentierre las historias que no fueron contadas, de permitir “el nacimiento de una nueva lógica ante la cual se haría imprescindible dejarse poseer por las voces de todos nuestros muertos” (p. 249). Mirar, caminar y comunicar son las acciones necesarias para crear esa comunidad deseada, que habita en el espacio literario y que le da forma a los “aurificios” necesarios para la restitución del silencio.

   Los invito a recorrer estos caminos, a leer o releer esta novela que siempre es nueva, que siempre abre puertas. Esta novela que puede llevarnos por senderos impensados (al reencuentro con los olores de mi abuela, en mi caso), esta novela que explora la magia de una ciudad posible, que nos introduce en un mundo de sentidos y sensaciones, en las historias de personajes entrañables. Los invito a dejarse llevar por un lenguaje fresco y poético, a perderse en sus páginas para reencontrarse (o no) después. Los invito a participar de este nacimiento, de este dar a luz, de esta posibilidad de siempre retomar el relato.

* María José Daona es Licenciada en Letras y Doctora en Humanidades por la Universidad Nacional de Tucumán. En el año 2008 obtuvo la Beca Linneus-Palme con la que realizó estudios en la Universidad de Gotemburgo. Actualmente es becaria Postdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con el tema “Cartografías urbanas. La ciudad en la narrativa boliviana del siglo XXI”. Ha publicado el libro Decir Bolivia. La narrativa de Marcelo Quiroga Santa Cruz: escritor e intelectual y diversos artículos en revistas especializadas.