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Fugas de fugas

para la poesía mexicana

Presentamos una aproximación a Líneas de fuga, antología que, de acuerdo con Marco Antonio Bojórquez, "puede ser un acontecimiento para recuperar y transmitir nuevas direcciones del ámbito poético".

Marco Antonio Bojórquez Martínez

 

 

Líneas de fuga, Muestra de poesía mexicana contemporánea (1960-1989)selección y prólogo de Iván García López, E1 Ediciones, México, 2020

Sin ser un manifiesto, Líneas de fuga. Muestra de poesía mexicana contemporánea (1960-1986) se propone, quizás, ser una piedra al agua en el camino de ese propósito, un golpe contra el tedio y la armonía de la poesía reciente. Es una selección honesta y sumamente propositiva que alcanza su mejor expresión a partir de un descomedimiento sin afán totalizador.

   En esta muestra hay pistas para que el lector pueda dialogar abiertamente con los textos, existe una necesidad de que los poemas mismos se vayan expresando a solas. Hay también una cierta economía que el lector agradece.

   Este ensamblaje de voces diversas es sumamente inteligente y sofisticado, vale decir que uno de los problemas presentes a lo largo de la antología como pauta de recuperación del panorama lírico es el de la búsqueda de un territorio de libertad.

   El material antológico se compone de una múltiple superficie de autores nacidos después de 1960, con una antesala de dos autores homenajeados (María Sabina por sus cantos y Jesús Gardea por su narrativa propuesta como expresión poética) y dos “excepciones” al marco solicitado. Todo esto responde a criterios del proyecto de antologías de poesía latinoamericana “Palabras Andantes”, organizado en Brasil y Argentina. Sin embargo, como este último finalmente se vio frustrado, el volumen mexicano que preparó Iván García (Oaxaca, 1982), sale bajo el sello de E1 Ediciones. Entre los autores podemos ver a Extava P’in, milpero y rezador tzeltal, a Jorge Esquinca, Tania Favela, Hugo García Manríquez y Heriberto Yépez, así como cantos y trazos de las mujeres tzotziles que desautomatizan una idea de lo poético. De manera destacada, se plantea una lectura de los materiales indígenas sin caer en prejuicios negativos o positivos (los primeros ven al indígena como “un lastre sucio e ignorante” y los últimos como “una especie de reserva de inocencia y pureza del mundo”). De ambos sale avante esta lectura.

¿Y si los poetas no están en ese desvelo de la promoción y afirmación, sino sobre todo en los pueblos ruinosos, en los psiquiátricos, en las cárceles y en los mares, en la deriva? ¿Y si hasta ahora no hemos mirado donde hay que mirar?

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La lógica de desarrollo de este logro editorial reúne en su contenido esa mirada de lo marginal, del “Je est un autre”. La frase de Rimbaud es, por ejemplo, una fuga sin precedentes y la constatación de que nombrar es un acto que se vuelve ajeno, afín a la mirada ritual del poema per se. En efecto, la expresión de los poetas aquí reunidos es de una singularidad distinta: son líneas de fuga, líneas exploratorias entre lo poético y lo narrativo, por ejemplo. Líneas que “relativizan la importancia de autores que, a fuerza de una promoción persistente (y muy a menudo también de una suma de privilegios sociales), acaban colocándose como figuras indiscutibles del medio literario”. Líneas que fisuran ese escenario acostumbrado y que permiten aparecer a un cocinero guerrerense como Roberto Bernal, a un pescador michoacano como don Bonifacio de la Cruz o conjuros de marineros. Se pregunta García: “¿Y si los poetas no están en ese desvelo de la promoción y afirmación, sino sobre todo en los pueblos ruinosos, en los psiquiátricos, en las cárceles y en los mares, en la deriva? ¿Y si hasta ahora no hemos mirado donde hay que mirar?” Y se responde: “Yo realmente creo que es así y este volumen intenta aventurarse en esas direcciones”. No hay aquí una mirada ingenua, terca o predispuesta a hallar la poesía, por ejemplo, en las cárceles o en los psiquiátricos. García mantiene su ojo en lo poético. No es casual que haya traducido recientemente un texto del gran poeta italiano Milo De Angelis sobre su experiencia de décadas como profesor en el reclusorio de máxima seguridad de Milán: “En diversas cárceles se escriben muchísimos poemas, por todas partes y sin tregua. Sólo que no es poesía. Son desahogos, confesiones, palabras arrojadas en un cuaderno, palabras sin búsqueda ni peso. Como tantos otros que se leen a diario, desde luego, pero con la coartada extra de creer que tienen una garantía por haber surgido allí, en ese lugar de sufrimiento, como si eso fuera un salvoconducto. Obviamente no es así. Es necesario entenderlo y hacerlo entender”. La mirada del antologador es equilibrada y experta.   

No se trata de un panorama de “raros”, pero sí se observa esa necesidad de dislocar la atención del dominio, de los poetas que a fuerza de (auto)promoción “acaban acostumbrándose a protagonizar el panorama [y] a afirmarse como una especie de realidad de la poesía de un momento”.

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Este libro puede ser un acontecimiento para recuperar y transmitir nuevas direcciones del ámbito poético. O un punto iniciático para quienes con o sin mucha experiencia quieran explorar, dislocarse en otras vertientes y autores que no habían sido antologados previamente. Bien mirado, las fugas o dislocaciones se aplican también al panorama indígena: el lector no encontrará a las figuras acostumbradas a fuerza de promoción, sino aquellas que abren puertas más profundas a los pueblos. Este es un libro "que nace de la investigación", como apunta García.

La intención de lectura es muy rica en su brevedad. Si bien es cierto que a menudo las ambiciones por antologar la escritura poética de una generación preserva vicios, valoraciones poco cuestionadas de un mundo imantado por los lugares comunes, este libro que preparó Iván García en el pandémico 2020 se libra de todo eso. En ello radica el mérito literario de tan provechosa obra.

   No se trata de un panorama de “raros”, pero sí se observa esa necesidad de dislocar la atención del dominio, de los poetas que a fuerza de (auto)promoción “acaban acostumbrándose a protagonizar el panorama [y] a afirmarse como una especie de realidad de la poesía de un momento”. Esto es de gran importancia, pues nos hace formular el goce y el preludio de lo que puede ser una nueva brecha, con coordenadas como el arte bruto, las inmersiones de Juan Rulfo y la mirada etnógrafa. Es tal la extraña vitalidad de este libro que parece que no llegamos a un final en su lectura: se mantiene una larga búsqueda, se abren nuevas fugas de fugas. El propio lector comienza a inventar posibles fugas. El libro se desactiva entonces como totalidad, como algo consumado y prestigioso. Poco importa, ha dicho García también, si son estos autores los que finalmente desarrollan esas líneas y las llevan a sus últimas consecuencias. Lo que importa son las líneas, los campos de acción. 

   La relevancia de este libro está allí, me parece, en su movimiento interno, en la exploración planteada a través de sus 130 páginas, en el vislumbre de otro lugar de lo poético. La identidad del horizonte lírico nacional se disuelve, se rasga, se fuga, se desquicia. Una operación notable.