Leonardo Padura:

quise ser beisbolista,

quiero ser Paul Auster

 

Guillermo G. Espinosa

 

Leonardo Padura quiso ser beisbolista y cronista deportivo, pero acabó siendo escritor y hoy es nada menos que el más reconocido narrador cubano en el mundo. Ha ganado más de una docena de premios en Europa y América y, aun así, todavía sueña con verse “al bat”, con la cachucha y el uniforme azul de los Industriales de La Habana, pegando un home run como no se haya visto antes en ningún diamante.

  También deseó estudiar Periodismo en la Universidad de La Habana, pero cuando buscó un lugar en esa carrera universitaria, los planificadores socialistas de Cuba en 1975 habían decidido ya que existían suficientes comunicadores en la isla y entonces lo enviaron a registrarse en la carrera de Literatura.

  Y todo esto lo sabemos porque Padura viajó a principios de noviembre de 2016 a Montevideo, Uruguay, y estuvo en una charla en la que habló de su obra, de sus fuentes de inspiración y de cómo ha construido y transformado los personajes de la narrativa con la que ha forjado una legión de seguidores en América Latina, algo que, seguramente, nunca planeó el escritor.

   Congruente con estas imprevisiones de la vida, Padura se presentó el 28 de noviembre de ese mismo año en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en una mesa redonda en la que tuvo que responder otro acertijo que posiblemente no tenía en mente, hasta que le fue planteado por los organizadores de ese evento: “¿Y qué rayos es América Latina?”

   Es probable que, sin proponérselo, el narrador haya venido desde hace tiempo hallando respuestas a esa interrogante y esa haya sido la ocasión de exponerlas. Él mismo relata que en 1975, cuando comenzó a estudiar letras, se dio cuenta de que en realidad tenía que hacer dos carreras simultáneas que no había contemplado, una académica y otra dedicada a las lecturas del boom latinoamericano, que a los 20 años de edad desconocía.

   Confiesa entonces que en comparación con sus compañeros estaba en una enorme desventaja, porque ellos ya habían leído al mexicano Carlos Fuentes, a los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti ─quien entonces vivía en La Habana─ y al cubano Alejo Carpentier. “Tuve que hacer un descubrimiento acelerado”, evoca con un tono de voz que revela el agobio padecido.

   Miembro de una generación que nace dentro del socialismo de la Revolución Cubana, Padura comenzó a escribir y publicar sus primeros cuentos a finales de los setenta, una época que el escritor describe como “el momento más oscuro de la sociedad cubana, porque es cuando se pretende la sovietización y se desarrolla una política cultural desacertada”.

   Fue el tiempo en que se va de Cuba Guillermo Cabrera Infante, quien en 1970 se instala en California intentando vivir del guionismo cinematográfico. Fueron los días en que el poeta José Lezama Lima fallece y “como otros, muere en 1976 marginado, en el ostracismo, sin saber si su obra se publicaría o no”.

   Aquellas circunstancias hacen que la generación de Padura se ocupe de propiciar un cambio de tendencias a partir de 1980, leyendo la literatura que, de manera abierta o velada, estaba prohibida. “Fue arduo, tuvimos que vencer muchísimas objeciones y el silenciamiento de manifestaciones artísticas. Pero nos opusimos a esa ortodoxia”, recuerda ahora satisfecho y sin el menor asomo de conmiseración. Fue así como nace el personaje más conocido de su narrativa, el policía investigador Mario Conde, un habanero medio borrachín, platicador y curioso, como buen habitante de puerto, que se configura en las primeras cuatro novelas de Padura como un antihéroe. “Yo quería contar historias de personas. A partir de entonces quise hacer una crónica de la vida urbana, que no se reflejaba en la prensa ni en ningún otro lado en Cuba”, dice.

   Padura cuenta con entusiasmo que la primera novela en la que aparece Mario Conde se publicó en México. Fue la Dirección de Publicaciones de la Universidad de Guadalajara la institución que tuvo el tino de imprimir Pasado perfecto (1991), justo cuando comenzó en Cuba el “periodo especial”, es decir, el momento en que los cubanos debieron enfrentar las consecuencias del derrumbe de la Unión Soviética y el fin de la cooperación económica con la vieja potencia socialista.

   Mario Conde se convierte entonces en ese habanero promedio que padece las restricciones económicas más severas de la Revolución Cubana. “Si quería fumar, no había cigarros; si quería emborracharse, no había bebidas alcohólicas; si quería ir de un lado al otro lado de la ciudad, no había transporte.” Por medio de este personaje Padura logró exponer públicamente las duras condiciones de la vida en Cuba, sacando ventaja del hecho de que “la literatura tiene más un carácter connotativo que explicativo, como es en el periodismo”.

   Padura hace esta distinción de fondo entre las disciplinas literaria y periodística porque después de graduarse logró, finalmente, incursionar en los medios de comunicación de su país, colaborando en el diario Juventud Rebelde. “Ahí aprendí a hacer periodismo y entendí que el burócrata de la planificación socialista tuvo razón, porque gracias a él estudié filología y aprendí a conocer la historia no oficial. Me armé de un instrumental y un método para hacer investigación todos esos años.” Después de Pasado perfecto, Mario Conde vuelve con Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisajes de otoño (1998), esta última ya publicada con el sello Tusquets de la editorial española Planeta, que desde entonces se ocupa de difundir la obra de Padura.

   Todas las inquietudes del escritor se convirtieron entonces en las del investigador, que se consagra en 2013, cuando magistralmente colabora en hallar el curso de una obra de Rembrandt y sus fortuitas conexiones con Cuba y una familia de judíos que falló en el intento de refugiarse en la isla, huyendo del nazismo al final de los años 30.

Mario Conde había desaparecido un tiempo en la obra de Padura. El retorno en 2013 no era fácil porque ser policía y tener simpatías con los escritores, con la gente sensible y pensante del mundo no es, normalmente, parte del oficio. Había que dar un giro. Y en ese movimiento se rebusca el agente investigador, abandona el cuerpo de uniformados y asume una nueva condición como comprador y vendedor de libros usados en Herejes.

   A Padura le han preguntado muchas veces si Mario Conde es su alter ego y ha confirmado que así es, pero ahora ya se atreve a confesar que en realidad no sabe qué tanto lo encarna o hasta qué punto Leonardo de la Caridad Padura Fuentes (su nombre completo) es más bien el otro yo de Mario Conde. En una ocasión, confiesa, estando en España en una presentación pública, el escritor descubrió que estaba relatando una anécdota que supuestamente había vivido él, pero que en realidad era parte de una historia del personaje de sus novelas. “Así es que, ya no sé...”

   Con frecuencia, Padura se ve interrogado por periodistas y otros preguntones intrigados en saber por qué sigue viviendo en La Habana, pudiendo dejar las restricciones del sistema económico cubano, y su respuesta ha sido: “sé que materialmente podría vivir fuera de Cuba, pero yo necesito la sustancia cubana, las palabras, los problemas y la desesperanza de los cubanos” para armar su obra literaria.

   También es frecuentemente asaltado con preguntas sobre política y geopolítica, a las cuales responde tan libremente como hablan sus personajes o con la amplitud con la que se expresó en El hombre que amaba a los perros, en la que desentraña la vida de Ramón Mercader, el hombre que mató a León Trotsky en Coyoacán, en 1940, que más tarde habría de refugiarse en La Habana, hasta su muerte en 1978.

   Decodifica ahí el sistema dictatorial impuesto por Josep Stalin en la Unión Soviética, la manera en que se deshizo de su rival, Leon Trotsky, y el impacto que tuvo en Cuba. “A ningún ortodoxo le puede gustar El hombre que amaba a los perros. Para mí, lo más significativo es que muchos cubanos me han dicho que gracias a esa novela han logrado entender a Cuba y esta es mi mayor satisfacción.”

   El hecho de que Padura responda a esas preguntas con toda libertad no significa que le guste tanto hablar de esos temas. En realidad, ya entrados en confianza, revela que otro de sus sueños es ser un día como el escritor y guionista estadounidense Paul Auster.

   Y quizá no sólo ser como él, sino ser el mismo Paul Auster, porque, dice Padura, los periodistas no se le acercan al estadounidense para hablar de política, sino para preguntarle de literatura, de cinematografía y, por supuesto, de beisbol. “Y eso es lo que yo quisiera.”

 

Montevideo, octubre de 2016

La literatura de Cuba es una de las más destacadas en Latinoamérica. José Martí, José Lezama Lima, Cintio Vitier, Virgilio Piñera, Severo Sarduy, Reynaldo Arenas, Alejo Carpentier, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Eliseo Diego son apenas un puñado de las decenas de autores cubanos que han sido conocidos mundialmente. Son autores que han ejercido una enorme influencia artística no sólo en su país, sino principalmente fuera de él.

Un amigo de Expreso Doble, nuestro corresponsal en Uruguay, Guillermo G. Espinosa, nos envía un texto sobre el autor cubano vivo más leído en los tiempos que corren. Leonardo Padura, ese novelista que, a partir de la novela policiaca, nos hace entender la vida en Cuba. Ese escritor que ha sido capaz de mantener su objetividad, pues a pesar de vivir en la isla, está muy lejos tanto de ser un apologista del régimen castrista como de ser un vocero de los refugiados en Miami. Es un escritor, punto, alguien que por medio de las palabras logra reflejar lo que lo rodea, sin interferencias ideológicas.

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