La traición de Truman Capote... y de muchos más

 

I

...y ninguna blancura (perdida) es tan blanca como
el recuerdo de la blancura

William Carlos Williams

(Trad. Pura López Colomé)

 

 

 

Lo más probable es que Truman Capote vistiera una bata de dormir y se encontrara en su cama cuando leyó la noticia en The New York Times. Era el 16 de noviembre de 1959 y el diario consignaba la muerte del adinerado granjero Herbert William Clutter y su familia completa en un pequeño pueblo de Kansas, todos asesinados. De acuerdo con lo que se describía en la nota, el crimen se había realizado de una manera extremadamente sangrienta. Podemos ahora imaginar al escritor neoyorquino entusiasmado con lo que leía, alegre por conocer esos hechos repugnantes, pues significaban para él la oportunidad de escribir. Seguramente, mientras leía estaba ya dando las primeras puntadas a lo que sería su propia historia, a partir de la tragedia que había vivido esa familia.

   El entusiasmo de Capote lo compartiría cualquiera que es o desea ser escritor y que está a la caza de algo para contar, pero la particularidad de la escena descrita es que se trata del instante en que nace uno de los libros más importantes de la literatura del siglo XX. A partir de ese momento, comenzó a trabajar y consiguió que la revista The New Yorker lo enviara a Kansas para escribir un reportaje sobre ese crimen. Como todos sabemos, a la postre, la revista publicó la historia en cuatro entregas y años después A sangre fría apareció como libro, bajo el sello Random House. La obra tuvo un éxito enorme; las ventas iniciales fueron de 300 mil ejemplares y la crítica habló de ella como una obra maestra. Capote aprovechó el momento y se encumbró; había logrado lo que tanto anhelaba: ser un genio y ser reconocido como tal. Ahora sabemos que también consiguió un sitio en el último de los círculos del infierno concebido por Dante, el destinado a quienes cometieron el pecado de la traición.

 

Acusar a Truman Capote de traidor es algo muy sencillo y resulta muy verosímil, dada la manera en que él se autoincriminó de ese y de muchos otros pecados a la largo de su vida, principalmente en entrevistas con reporteros a quienes aprovechaba para lanzar declaraciones provocadoras. Probablemente, después de Oscar Wilde, él es el escritor, de habla inglesa, que disfrutaba más al comportarse como un cínico y lo hacía con tal placer que muchos intentaron imitarlo, aunque sólo consiguieron derrochar sus vidas sin realizar una obra.* Capote también disfrutaba al evidenciarse en los cócteles en donde alternaba con todo tipo de celebridades; quienes lo conocieron en ese ambiente gozaban de manera especial al referirse a él como una persona despreciable, sobre todo después de que la revista Esquire dio a conocer adelantos de una novela que se publicó de manera póstuma: Answered prayers (Plegarias atendidas), en la que da cuenta de la vida privada de los personajes con quienes convivía en el jet set de las grandes ciudades. Esta novela inconclusa es muy disfrutable y corre en la tradición iniciada por Laurence Sterne en Tristram Shandy, pues es narrada por un alter ego de Capote, un tal P. B. Jones, personaje que es la expresión más profunda del cinismo, adornada con un dejo de vulgaridad. Pero la acusación contra el "chaparrito de Alabama", como algunos se referían a Capote, es más grave que la soberbia o la franca megalomanía, pues se trata de un pecado no contra sí mismo, sino contra otras personas.

   Debemos retornar un poco. Cuando Capote se dio cuenta de que tenía en sus manos la posibilidad no sólo de escribir una obra maestra sino de inventar un género literario, decidió que nada podría detenerlo y mucho menos la compasión por sus personajes que, en realidad, eran personas. El trabajo de investigación, como se sabe, lo inició en el lugar donde ocurrió el crimen. Sus dotes manipuladoras, seductoras, le permitieron ir ganando la confianza de los pobladores de Holcomb y Garden City, en Kansas, y en especial de Alvin A. Dewey Jr., el oficial policiaco que llevaba la investigación criminal, quien le facilitó conocer detalles de la investigación, aunque no de manera total, por la confidencialidad que el caso exigía. En la correspondencia de Truman Capote (Un placer fugaz, Random House) llama la atención una tarjeta que le envió a Dewey, acompañada de un botella de whisky, para felicitarlo por el complejo viaje que realizó para llevar a Garden City a los dos acusados de haber cometido los asesinatos. La alegría que Capote muestra va más allá de saber que se estaba haciendo justicia, en realidad provenía de ver que los acontecimientos iban dando forma a la historia que deseaba contar. Y aquí comienza lo malo. Todo escritor tiene derecho a entusiasmarse con su obra, a borrar todos los obstáculos entre ella y su cristalización, tiene derecho a darlo todo y a exigir, pero ¿debe tener un límite? Sí, los límites existen, pero también existe la tentación de cruzarlos y a Capote nada lo detuvo.

   Conforme pasaron los meses, la noticia de este crimen dejó de ser nacional e incluso local. Pasó a ser uno más de los asuntos que transitan por las cortes. Se entendía que los asesinos habían sido encontrados y todos estaban seguros de que se les condenaría a muerte. Durante varios años, Capote investigó de manera minuciosa todo lo relacionado con los hechos y escribió el libro que deseaba. Lo escribió basado en reportes policiacos, fotografías, entrevistas con los pobladores y con los agentes investigadores, pero, fundamentalmente, en conversaciones sostenidas con Perry Edward Smith y Richard Eugene Hickock, los asesinos de la familia Clutter, los personajes de su historia. Él no deseaba escribir un reportaje o entrevistas exclusivas, desde un principio su intención fue crear una novela a partir de un hecho real. Capote escribió una historia en la que los hechos reales eran contados como se cuenta una novela. Esto no tendría mayor relevancia, muchas novelas habían sido ya escritas así, de no ser porque lo que Truman consiguió fue hacernos ver que la verdad perfecta sólo puede ser alcanzada por medio de la ilusión.

   Truman Capote consideraba que los hechos no siempre son convincentes y afirmaba que la mentira tenía, en muchas ocasiones, mucho más verosimilitud que la verdad. Su amplia experiencia en el chisme, gracias a sus conversaciones con mujeres ricas y bien relacionadas, le hicieron ver que la verdad no importa, lo que importa es aquello que se dice de ti. Así lo dice, textualmente, su alter ego en Plegarias atendidas:

 

Porque el hecho de que algo sea verdad no quiere decir que sea convincente, tanto en la vida como en el arte. Piensa en Proust. ¿Crees que En busca del tiempo perdido hubiese tenido la resonancia que tiene si Proust hubiera sido históricamente literal, si no hubiese cambiado los sexos y alterado hechos e identidades? Si hubiera sido absolutamente objetivo, la obra habría sido menos creíble, sin embargo -y ésta era una idea que yo había tenido a menudo- podría haber sido mejor. […] Y esa es la cuestión: ¿es la verdad una ilusión o es la ilusión verdad?, o ¿son ambas básicamente lo mismo? En lo que a mí respecta, no me preocupa lo que se diga de mí mientras no sea verdad. […] ya que la verdad no existe, la verdad no puede ser más que ilusión; pero la ilusión, el subproducto de artificios reveladores, puede alcanzar las cimas más próximas al pico inaccesible de la Verdad Perfecta. Pongamos como ejemplo a los que se hacen pasar por mujeres. El travesti es, en realidad, un hombre (verdad) hasta que se recrea a sí mismo como mujer (ilusión), y, de los dos momentos, el de la ilusión es el más verdadero.

 

Él mismo lo reafirma, de acuerdo con lo escrito por Ralph F. Voss, en una entrada de su diario escrita luego de haber visto al actor Robert Blake en el papel de Perry Smith en la primera adaptación al cine de A sangre fría: "La realidad reflejada [en una novela] es la esencia de la realidad, la verdadera verdad… el arte se hace con una selección de detalles, ya sea imaginarios o, como en A sangre fría, destilados de la realidad." Algunos analistas no ven en estas palabras más que la confesión de un falsario e incluso señalan a sus cómplices, tal como lo hace Patrick Radden Keefe en un artículo publicado en la revista The New Yorker en el 2013. Sin embargo, es importante evitar el facilismo de señalar las "invenciones" de Capote. Esas invenciones, desde mi punto de vista, tienen el propósito por demás legítimo de mostrarnos la más profunda certeza; qué más nos da si Capote reacomodó algunas escenas de la historia a su conveniencia, qué importa si Dewey estaba tomando o no una taza de café cuando recibió la noticia de la aprehensión de los asesinos.

 

Escribir A sangre fría significó para Truman Capote un reto monumental: hacer que la verdad fuera convincente, y lo consiguió. Nadie pone en duda la verdad de los hechos que se cuentan en su novela, aunque muchos de ellos no pueden ser documentados, pero eso pasa a segundo término porque el lector le cree al escritor. Con ello, logró una obra que no sólo fue un éxito de ventas sino que inauguró un nuevo tipo de novela y de periodismo. Truman logró llegar a la cumbre y gozó cómo sólo él sabía de las caricias de la fama; también sabía, porque era un genio, que había logrado trascender a su época. Pero el costo fue muy alto y lo tuvo que pagar.

   Recordemos a Perry Edward Smith y Richard Eugene Hickock, son dos personas a quien Capote convirtió en personajes. Los hizo trascender, sí, pero eso a ellos no les sirvió para nada. Durante meses, ambos se abrieron con el escritor y le dieron todo lo que ellos consideraban su verdad. Lo hicieron no sólo por las artes seductoras de Capote, sino porque él les hizo creer que con el libro que iba a escribir los ayudaría a que tuvieran compasión con ellos y pudieran evitar la pena de muerte. Pero el escritor jamás tuvo esas intenciones, él, desde el primer día, decidió hacer uso de ellos para lograr su objetivo. Por eso no dudó en mentir frente a la propia cara de los reclusos. Y persistió en la mentira. De acuerdo con los biógrafos de Capote, cuando Perry se enteró del título de la novela y le reclamó directamente que los iba a hundir, aquél negó haber ideado ese nombre para su libro y responsabilizó de todo a la editorial. Se defendió hasta con las uñas, por miedo a ser agredido físicamente por Perry, pero sobre todo porque sintió que su obra maestra corría peligro.

   Los años previos a la ejecución de los dos reos fueron desgastantes para Capote. En su correspondencia señala con frecuencia su incomodidad por la falta de una resolución judicial que le permitiera dar el punto final a su libro. Por supuesto que no podía publicarlo sin que hubiera esa coincidencia con el hecho real. Es imposible saber si él deseaba que los ejecutaran, pero sí dejó dicho por escrito que le urgía la solución final, fuera cual fuera. Cuando recibió la noticia de la inminente ejecución se sintió aliviado y sólo él sabe lo que pensó cuando le informaron que los condenados pidieron su presencia durante los ahorcamientos. Él lo aceptó y presenció ambas ejecuciones. Ocurrieron el mismo día, con una diferencia de unos treinta minutos entre una y otra.

   Capote utilizó a Perry y a Richard. Los traicionó, porque nunca trató de intervenir en su favor y ni siquiera fue esa su intención. El costo fue alto para él porque no volvió a escribir algo que, ni de lejos, se acercara a la excelencia de A sangre fría. Sólo publicó algunas recopilaciones de artículos y se reimprimieron sus libros anteriores. Se dedicó a hundirse en la fama que había obtenido y comenzó a morir. Le fue fácil traicionar, sin duda, pues lo hizo por un bien superior, desde su perspectiva, el artístico. Para Capote, por supuesto, tenía mucho más valor una obra de arte que una persona.

 

La traición, en el caso de Capote, es innegable y también su sentimiento de culpa, a pesar de que hablamos de uno de los grandes cínicos de la historia, sin embargo, él no es el único escritor que ha enfrentado ese conflicto, han sido muchos, pero la mayoría no ha aceptado, o ni siquiera reflexionado, sobre ello. Emmanuel Carrère, uno de los grandes narradores de este siglo, se esfuerza, como Capote, en lograr que la realidad sea tan convincente como la ficción. Tal vez su obra cumbre sea Limónov, una novela basada en la vida un activista político ruso. Pero es en El adversario, donde el paralelismo con el estadunidense es mayor, pues se trata de una novela que narra la historia real de un multiasesino, a quien Carrère entrevistó para escribirla. La reciente aparición de su libro 97,196 Words, una recopilación de artículos periodísticas, varios de ellos dedicados a reflexionar sobre la relación entre el autor y sus personajes, nos permite entender al propio Carrère. Pero no sólo eso. En uno de los textos, el escritor francés nos revela otra de las grandes traiciones de un autor que, además, tuvo consecuencias judiciales. De ello hablaremos en la próxima entrega.

JJDeG

 

*En México, de inmediato surge el nombre de Salvador Novo, pero él merece un artículo completo por separado.

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Truman, In Cold Blood, Signet Book, New York, 1966.

La primera edición de bolsillo de A sangre fría.

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Porque el hecho de que algo sea verdad no quiere decir que sea convincente, tanto en la vida como en el arte.
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Truman Capote, Un placer fugaz, Random House Mondadori, México, 2006.

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Truman Capote, Plegarias atendidas, Random House Mondadori, Buenos Aires, 2016.

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