• Expreso Doble

Novelistas de ayer y hoy


En nuestros días, y para una cultura literaria que se teme al borde de la aniquilación, dice Katie Roiphe, somos terriblemente arrogantes con los grandes novelistas del siglo pasado. Es decir, los grandes novelistas del sexo masculino. Según Roiphe, es muy preocupante la forma en que se condenan las escenas sexuales de aquellas extensas novelas de autores como John Updike, Philip Roth (recién fallecido) o Norman Mailer, pues, asegura, la consecuencia es que en los novelistas de las generaciones recientes apenas y se pueden encontrar rasgos de virilidad, como ella lo llama.

Katie Roiphe es una escritora norteamericana, académica en la Universidad de Nueva York, que comenzó a ser conocida en los años noventa del siglo XX por sus artículos en The New York Times, caracterizados siempre por ir a contracorriente del feminismo radical. Recientemente, en la revista Harpers’, publicó un artículo para expresar su opinión acerca de que el “feminismo de Twitter” perjudica a las propias mujeres.

Sus opiniones literarias no son menos polémicas, como lo adelantamos en el primer párrafo. En su artículo “The Naked and the Conflicted” (The New York Times, 31 de diciembre de 2009), considera que en las novelas tempranas de Philip Roth y su grupo había en los pasajes sexuales un sentido de novedad, de ruptura. En realidad, hay que decirlo, rompieron las fronteras del puritanismo y llevaron la libertad de expresión (el free speech) a su máximo nivel. Los autores de los años sesenta, señala Roiphe, consignaron el cruce de una nueva frontera en el comportamiento sexual; Mailer, Roth y Updike retomaron los temas de John O’Hara y Henry Miller y al escribir sobre la vida sexual de la clase media, transitaron por una difícil frontera entre la oscuridad, el humor y la lujuria.

Para Roiphe, clasificar esta literatura como pornográfica sería simplista, pues el propósito de la pornografía es sólo uno: suscitar. Updike es franco y estético a la vez; autores como Bellow llenan sus novelas de amantes extranjeras y esposas geniudas y calculadoras; Mailer está obsesionado con que la violencia en el sexo es natural y sana y eso es lo provocador en sus textos. En esta literatura se muestra no sólo el lado glorioso de la conquista sexual, sino la tristeza y el fracaso de las conexiones humanas.

Y aquí comienza lo malo, diría Javier Marías. La literatura, de acuerdo con Roiphe, abandonó gradualmente la idiosincrática riqueza sexual y en las novelas de hoy la inocencia está más de moda que la virilidad, los arrumacos son preferidos al sexo; el interés se desplaza de la conquista y la consumación (sexual) a los enredos y el escepticismo post-feminista.

Es cierto, como dice Roiphe, que la misma cruzada feminista que puso objeciones a Mailer, Bellow, Roth y Updike podría tomar esa sensibilización, suavización o indiferencia como señal de progreso. Pero si los viejos autores son tan masculinamente narcisistas, los jóvenes los son de un nuevo modo: tan conscientes de sí mismos, tan liberales, que no permiten que sus personajes sucumban al deseo carnal, pues dar tanta importancia al sexo o su búsqueda, concebirlo como fuerza capaz de cambiar cosas, sería para ellos retrógrado. En su lugar, esa pasividad respecto del deseo sexual es, de alguna forma, señal de una vida interior compleja y admirable.

La propuesta de la analista norteamericana es que tal vez hoy lo verdaderamente revolucionario sería dejar de luchar contra lo más pesimista de una literatura explícita, que es incluso romántica dentro de su visión, donde el sexo es un misterio y un poder, y donde al menos algo sucede.

Aunque el feminismo hubiese podido preferir menos pasajes en que se ofende o violenta a personajes femeninos, la autora invita a revalorar la grandeza de ese periodo literario y a ver a sus autores con el cariño con que miramos a los constructores de los primeros aeroplanos, unos locos que no pudieron volar pero que sí se atrevieron a mirar al cielo.

(Traducción y resumen de Luba Rovinskaia / Ilustración elaborada por Paula Scher, tomada del artículo original en The New York Times)


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